EL PENSAMIENTO RELIGIOSO DE LOS ANTIGUO EGIPCIOS.

 

Por. D. Francisco Martín Valentín.

Director del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto.

Universidad de Cartagena, 1999.

Correo: martinvalentin@telefonica.net

         Los egipcios parecían a los griegos “los más religiosos de todos los hombres”. Si consideramos que la visión que nos transmitió Herodoto, era la ofrecida por un pueblo milenario, ya en franca decadencia, hemos de admitir que la esencia misma del alma egipcia estaba identificada con la divinidad, y que si hubiera que determinar qué pueblo fuera el primero en enfrentarse al medio físico que le rodeaba para explicarlo conforme a un conjunto de doctrinas cosmogónicas, ése, bien pudiera haber sido el egipcio.

         Como no puede ser menos, el hombre egipcio fue, en primer término, sensible al medio geográfico que le rodeaba. Hablamos del Valle fértil, duramente asediado por los desiertos arábigo y líbico; el río Nilo, impresionante arteria que cruza el país, y que es Egipto, puesto que él es la vida; y del cielo, escenario luminoso donde diariamente se reproducía el día primigenio de la creación del mundo con el triunfo del Sol: el dios Ra.

 El Valle

 La tierra de Egipto se ha dividido desde tiempos prehistóricos en dos partes netas y claras: El Alto y el Bajo Egipto. Esta concepción dualista está omnipresente en el pensamiento religioso egipcio. De este modo “el recuerdo histórico” del dualismo anterior a la unificación se convirtió en las concepciones religiosas, en uno de los principios rectores del pensamiento egipcio.

Esta realidad se constata de diversas maneras: por ejemplo 1º) Se agrupan por parejas y se unen entre sí como modo de rememorar la unificación divinidades representativas del Sur y del Norte (ej. Nejbet –Uadyet);  2º) Se desdobla una divinidad que pertenece al Sur o al Norte, como por ejemplo el dios Horus y así se habla del Horus del Sur o del Horus del Norte en los textos de las Pirámides (Prs. 1295).

 

         La institución de las parejas divinas entraña asimilaciones variadas: por ejemplo la Cobra Uadyet con la Corona Roja y la diosa buitre Nejbet con la Corona Blanca. 

 

 Todo ello para no hablar del célebre misterio del SEMA TAUI (Unión de las dos Tierras) en cuya ceremonia ritual se ven unidos Seth del Norte y Horus del Sur.

 El Valle era, además, y es, la estrechísima franja de vida fértil, constantemente amenazada por los desiertos circundantes. Era la tierra negra Kemet, frente a la tierra roja Desheret (raíz egipcia de nuestro actual término desierto). De este modo otra vez el concepto de DUALIDAD aflora en el medio y condiciona el pensamiento religioso egipcio.

El hombre, arrojado sucesivamente desde los altiplanos del valle, conforme la mancha húmeda Sahariana se desecaba, vió como su refugio a esa tierra negra que le albergaba y le alimentaba, e inevitablemente transformó a la tierra roja en el lugar donde residía el mal, el caos primordial que día a día amenaza con acabar con la creación primigenia.

 

El Rio.-

 El Nilo era el mayor río del mundo conocido por los antiguos. Esta masa de agua que llega a tener cerca de un kilómetro de anchura en algunos puntos del Valle, circula a través de la aridez de los dos inmensos desiertos que lo acompañan durante toda su travesía, no sólo en Egipto sino en el lejano Sur que los egipcios jamás habían explorado, pero al cual miraban expectantes en el estío. El río aportaba cada año el negro limo con el que daba vida a la tierra egipcia.

Ninguna fuente, ni afluente conocido aportaba una gota de agua al inmenso cauce: ¡Cuantos motivos de asombro para los primitivos habitantes del valle!.

Es sabido que los egipcios no resolvieron jamás el misterio de los orígenes del Nilo. Los egipcios confesando su ignorancia, sostenían que esta agua santa venía del cielo a la tierra, o bien, que brotaba desde el mundo inferior por vías secretas.

Para ellos la corriente nutricia y majestuosa de llamaba itr,-aa o “gran río”. Rápidamente el Nilo fue deificado como gran fuerza vivificadora, recibiendo el nombre de HAPI, “Padre de los dioses” “El único que se creó a sí mismo, cuyo origen es desconocido, Señor de los peces, rico de grano”.

 

         El egipcio concibió en alguna de sus creencias del mundo funerario que el Nilo terrestre tenía su paralelo Nilo subterráneo que regaba los campos de IARU. ¡Tan incomprensible resultaba la concepción de supervivencia en el Más Allá sin un Nilo, fuente de vida esencial!.

 

         Es lógico que a esta potente fuente de vida se le haya otorgado naturaleza divina y se le hayan consagrado himnos; dicen los Textos de las Pirámides: “Héla aquí, el agua, de vida que se halla en el cielo; héla aquí, el agua de vida que se halla en la tierra. El cielo reluce para ti,  la tierra se estremece por ti cuando nace el dios (crece el río) se manifiesta, el dios se extiende en su cuerpo (inunda la tierra del Valle)”.

 

         Durante el Imperio Nuevo los himnos al Nilo, nos muestran la importancia que la crecida benefactora tiene en la conciencia religiosa de los egipcios. Nos dicen los Papiros Sallier II y Anastasi VII: “Salud a ti, Hapi, que naces en esta tierra y llegas para dar vida a Egipto; tú que escondes tu llegada en las tinieblas en el día mismo en que se canta tu llegada; ola que se extiende por los vergeles que Re crea para dar vida a todos los que tienen sed y que se niega a regar el desierto con el debordamiento de las aguas del cielo. Cuando tú desciendes, Geb (la tierra) se enamora de los panes, Nepri (el dios del grano) presenta su ofrenda; Ptah hace prosperar todos los talleres. Su tus dedos dejan de trabajar, todos los seres son miserables. Si tu caudal disminuye en el cielo, entonces los mismos dioses y los hombres perecen; los rebaños enloquecen y la tierra entera, grandes y pequeños, sufren dolorosamente. Si por el contrario, creces, entonces la tierra grita de alegría, todos los vientres están gozosos, todas las espaldas son sacudidas por la risa y todos los dientes mastican”.

 

         El Nilo era, pues, creador de la Tierra Negra. Pero, a su vez, el Nilo era también para los egipcios obra del Sol tal como lo declara el gran Himno de Aton: “...Tú (Aton) creas el Nilo en el mundo inferior, y tú lo llevas a la tierra, donde tú quieres, para alimentar a los hombres de Egipto... tú, el Señor de la Tierra”...

 

El Sol, en su marco celeste, era el tercer gran factor de vida, principio divinizado que marcaba de modo indeleble y absoluto el pensamiento religioso de los antiguos egipcios.

         El sol, con su trayectoria Este-Oeste significaba para los antiguos egipcios el otro eje de su orientación vital. Ellos estaban permanentemente pendientes de la nueva salida del Sol cada mañana por el oriente, lugar al que llamaban Ta netcher (la tierra del dios).

 

         La teología de época histórica hizo del oriente, por este motivo, la región del nacimiento y del renacimiento, y del occidente, lugar por donde el sol se ponía, la región de la muerte y de la vida en el Más Allá.

 

         En el dogma que se estableció para glorificar al Sol naciente se expresaba de forma permanente y reiterada, el jubiloso agradecimiento de toda la creación ante la aparición renovada del sol por la mañana. El contraste  entre el atardecer  y el amanecer era, para el egipcio, el referente entre la muerte y la vida.

 

 El gran himno a Aton existente en la tumba de Ay, en el Amarna, nos refleja bien fielmente cuanto decimos: “... Tu te alzas hermosa en el horizonte del cielo, oh disco viviente que ordena la vida. Cuando apareces en el horizonte oriental, después de haber llenado el país entero con tu perfección, tu eres bello, grande, brillante, alzándote por encima de la tierra en toda su extensión. ...Pero cuando te oculta en el horizonte de Occidente, el país está en tinieblas, como muerto; los hombres están tumbados en sus habitaciones recubiertos con un lienzo y cada ojo no ve ni a su compañero; si todos sus bienes, aunque estuvieran bajo sus cabezas, fueran robados, no se darían cuenta de ello. Cada león sale de su guarida, todas las serpientes muerden, pues la noche es para ellos el tiempo de la luz. La tierra está silenciosa pues su  Creador está en Su Horizonte”.

 

         El significado religioso que los egipcios daban al cielo, a la bóveda celeste era una prolongación natural, casi una lógica consecuencia, de la observación del decurso solar.

 

         En un país como Egipto, donde existe un cielo tan luminoso y despejado, tanto de día como por la noche, la astronomía tenía una importancia enorme. Naturalmente la astronomía entre los egipcios tenía todos los perfiles de una ciencia sagrada utilizada, una vez más, para personificar como potencias divinas a las constelaciones, los decanes y las estrellas.

 

 El Osireion de Seti I en Abidos nos ha transmitido pasajes de un tratado muy antiguo que interpretaba y describía los mecanismos celestes bajo el velo de relatos mitológicos.

 

         Otra figura mitológica empleada por los egipcios para considerar el cielo, el cuerpo de la diosa celeste NUT no se confundía exactamente con el firmamento sino, más bien, con una especie de camino celeste, que apoyaba sus pies en la ciudad de Nejeb, en el actual el Kab, mientras los dedos de sus manos se posaban sobre el suelo de la santa ciuadad de Behedet, en el actual EDFU.

Por este camino celeste marchaban el sol y los demás astros. Por la tarde, la boca de la diosa absorbía el disco solar, que continuaba su viaje por las entrañas del suelo, mientras en el horizonte oriental se alzaban las estrellas. No deja de ser curioso que, en esta materia, hubieran dos concepciones teológicas independientes; la primera, mantenía que la bóveda celeste era un simple elemento perteneciente al dios del Universo ATUM, en tanto que la segunda la confundía con NUT, madre de RA.

 

 Los egipcios también miraban hacia el cielo y, por cierto, muy atentamente. Veánse si no, los techos de las cámaras del sarcófago de tumbas reales como la de Sethy I, en el valle de los reyes, o las representaciones existentes en las de ciertos particulares, como la de Sen-Mut (TT 353). Los egipcios contaban las horas de la noche observando las estrellas. Los primeros datos conocidos que permiten confirmar tal tesis proceden de un sarcófago encontrado en la ciudad de Siut, en el Egipto medio, datable en las dinastías IX-X (hacia el 2.100). Posteriormente, durante la dinastía XVIII, el citado techo astronómico de Sen-Mut, o la clépsidra de tiempos de Amen-Hotep III, recogerán estas representaciones y sus nombres para sernos transmitidas a través de toda la historia de Egipto hasta llegar a las épocas griega y romana.

Los decanes constan en estos textos designados de modo expreso como deidades auxiliares de Sothis, su soberano. (Nuestra actual constelación llamada ‘Orión’). Unos como este ‘Orión-Sothis’ o ‘los dos hombres’, se nos muestran con forma humana; Otros, asumen formas de animales tales como el carnero, el pez, la tortuga, o el buitre. Otros, en fin, llegan a tomar prestadas las formas de objetos de uso cotidiano para los antiguos egipcios, tales como ‘la vasija’, ‘la estera’ o ‘la caña’.

En suma, los egipcios creían reconocer a un principio divino en cada potencia física que observaban. Ellos trataban a cualquier precio de ubicar su realidad microcósmica, su experiencia individual o colectiva como seres humanos, en el contexto macrocósmico del Universo. De este modo buscaban alcanzar la perfección moral y ética a través de su correcta localización en el mundo físico, manifestación del divino que, les rodeaba y les sobrecogía.

 Por ello, otra gran preocupación que nos es transmitida por los egipcios es la que tenían acerca del conocimiento y descripción del mundo del Más Allá.

Los egipcios redactaron verdaderos manuales geográficos del mundo de ultratumba. Por ejemplo El Libro de los Dos Caminos, datable durante el Imperio Medio t, posteriormente, esos dos tratados que describen y explican el viaje circular del sol a través de las doce regiones del universo nocturno: las doce horas de la noche: El Libro de lo que hay en la Duat y el Libro de las Puertas.

Todas estas realidades más o menos inmediatas debieron producir en una lógica evolución del pensamiento religioso, el nacimiento de un conjunto de principios Cosmogónicos que tratasen de explicar ‘al modo egipcio’, el origen de las cosas y el lugar y el momento de la Creación del mundo.

De este modo, los egipcios conciben la concepción abstracta de naturaleza cuasi-divina que llamaban Nun. El Nun, era el océano primordial, las aguas del caos. Decían los textos que ‘había existido antes de que ninguna otra cosa hubiera visto la existencia’. Era el más antiguo de los principios divinos, era ‘El Increado’, lo que podríamos calificar como ‘el comienzo absoluto’. Ni siquiera Ra, el dios sol, era más antiguo que Él. En todo caso era ‘su contemporáneo’, de modo que, en ocasiones, los textos hablan de NUN como ‘el padre del sol’, puesto que el sol había salido del NUN. Por esta razón se decía que ‘…al anochecer, el sol retornaba al NUN, al caos original, para volver a salir triunfante, como el Primer día de la Creación, a la mañana siguiente…’.

Los egipcios pensaban que este océano primordial rodeaba la tierra por encima del cielo y por debajo del suelo, de ahí que en algunos textos se habla de los difuntos refiriéndose a ellos como ‘los habitantes del NUN’.

Veamos, ahora, dónde, creían, que había comenzado la creación del mundo.

Con independencia de la escuela teológica de turno que, como era natural, reivindicaba para su dios principal el mérito de la creación (lo cual, por otra parte no preocupaba demasiado a los egipcios, que admitían fácilmente la superposición de los distintos dogmas), son dos los lugares que físicamente fueron escenario de la Cosmogonía original conforme a diferentes ‘textos sagrados’. Hay un conjunto de tradiciones que nos hablan de un lugar llamado ‘la Isla del Fuego’ iw nSnSr, lugar ubicado en las cercanías de la ciudad santa de Hermópolis y asociado a la primera aparición del dios Ra, saliendo del caos líquido (Libro de los Muertos, Capítulo 15). Este era el lugar de nacimiento y crecimiento del sol, donde la Vaca Celeste Metcher le amamantaba.

Este lugar se asociaba también en los textos al denominado ‘Lago del Cuchillo’ mr dSdS , cuya localización no es tan segura como en el caso anteriormente citado. Estaba en relación con la salida del sol por Oriente y con la victoria solar contra los enemigos que representaban al caos.

En todos los casos se hablaba de una ‘Colina Primigenia’ emergiendo del caos líquido que tenía su representación jeroglífica en el signo , xa (‘aparición gloriosa’ o ‘radiante’) que mostraba a la colina original y los rayos del sol apareciendo detrás.

 Además, para los antiguos egipcios la creación se reproducía constantemente en una contínua lucha entre el orden y el caos. De este modo, la aparición diaria del sol por Oriente, no era la repetición mecánica de un fenómeno constante, sino un acto nuevo, por virtud del cual cada mañana el astro salía nuevamente triunfante y reproducía el primer día de la creación.

En todo caso, ellos pensaban que, en el origen, antes de que los elementos constitutivos del mundo hubieran sido creados, el demiurgo (Atum en Heliópolis, Ptah en Menfis, o Amón en Tebas, por no citar sino a los más importantes) se había izado por su propia y sola energía sobre esa ‘Colina Primigenia’ surgida, a su vez, del caos líquido. Más tarde se produciría la creación y organización del mundo y de sus criaturas.

 

La Concepción de los dioses.

Los egipcios se enfrentaron ante el problema de elegir y crear a sus dioses con la mentalidad de un pueblo alegre, humano, dulce y moderado.

 Los grandes dioses del país del Nilo eran considerados como los inventores de las artes y los benefactores de la Humanidad.

Así, Ptah de Menfis era el patrón de los arquitectos, Jenum de Elefantina, el de los alfareros, Thot de Hermópolis patrocinaba la astronomía, el cálculo, la gramática y la escritura.

 Osiris, cuyo culto tuvo tan alto significado en la religión egipcia, era considerado el espíritu de las aguas, señor de los cereales y de las plantas verdes.

 De mucha importancia eran también los cultos tributados a las diosas madres y a los genios protectores del hogar y de los niños, tales como la diosa Thueris, el dios Bes, o las Siete Hat-hores.

 Para alguna ocasión en la que el género humano tuviera algo que temer de los dioses, como en el caso del ‘Mito de la diosa lejana’, encargada por el dios Ra de aniquilar a la Humanidad, la leyenda nos cuenta que, el peligro se diluyó alegremente en medio de una sofocante embriaguez provocada a la diosa leona, sedienta de sangre, a base de la sabrosa cerveza egipcia mezclada con la ‘Hena’ (colorante rojo).

 Ni siquiera la muerte parecía horrorizar a los egipcios. Ciertamente, no podemos ignorar la gran preocupación que tal tránsito les producía, máxime a la vista del ‘Juicio’ que las almas de los difuntos debían superar bajo pena  de aniquilación y a los propios peligros que los textos funerarios nos describen y tratan de conjurar. Pero, la muerte no tiene iconografía propia en la mentalidad egipcia.

 En el peor de los casos la muerte sirve de reflexión sobre la brevedad de la vida y el necesario pragmatismo que se debe imponer ante tan cruda realidad, tal y como nos lo describe El canto del Arpista de la tumba de Antef, en Tebas: ‘….He oído las palabras de Im -Hotep y Dyed-ef-Hor, de los que los hombres repiten por doquier lo que ellos decían; pero, ¿dónde están hoy sus casas?: Sus muros están destruidos, su propio emplazamiento no existe: es como si ellos jamás hubieran existido…Así pues, aumenta tus alegrías y no permitas que tu corazón está triste. Sigue tus deseos y los placeres que desees. Haz lo que deseas sobre la tierra, no aflijas tu corazón, hasta que llegue para tí, el día de las lamentaciones…’(Papiro Harris, Din. XIX).

 Por contra, es asombroso el mundo multicolor, brillante, animado y tranquilizador que ofrecen las decoraciones de las tumbas privadas de los antiguos egipcios. Allí vemos al difunto y a su familia y amigos, amablemente reunidos para toda la eternidad en una actividad cotidiana dedicada a la agricultura, la caza, y los placeres de la vida terrestre en el valle del Nilo, adecuadamente protegidos por los textos mágicos para conjurar los peligros y las asechanzas del desconocido y frío mundo del Más Allá.

 Los habitantes del país del Nilo adoraron muy pronto las grandes fuerzas del Universo y los elementos constitutivos de la naturaleza. Las principales divinidades del panteón egipcio son astros, elementos cósmicos, plantas, animales, seres con figura humana y cabeza de animal: entes y entidades que pertenecen al mundo de lo sensible y tienen su fundamento en el mundo real.

Pero al trasladarse del mundo material al espiritual, estas realidades, maneras de expresar a los ojos humanos otras cuestiones más sutiles, cobran una vida propia, mágica, que, en ocasiones, podría volverse contra el propio hombre. He ahí los ejemplos de los jeroglíficos que representan a animales dañinos que son objeto de mutilación o fraccionamiento, para evitar que perjudiquen al difunto.

 Las estatuas, sede de las fuerzas espirituales, no eran dioses, en sí mismas para los egipcios. Solamente eran considerados como soportes en los que las fuerzas adoradas fijaban su residencia por obra de los ritos mágicos invocatorios llevados a cabo por el medio más poderoso que conocían los egipcios: La Palabra.

 La figura del faraón como encarnación de los dioses en la tierra, era otro de los pilares del pensamiento religioso de los egipcios. Esta naturaleza divina se resume perfectamente en la titulatura real (los cinco nombres de los reyes que los convierten en encarnación del dios Horus sobre la tierra e igualmente de las dos Diosas Protectoras del Sur y del Norte: Nejbet y Uadyet.

 De algún modo, el rey era el depositario de una fuerza divina, el Ka, que le había sido transmitida por sus ancestros terrestres, los sucesores de los Reyes-Dioses, para continuar la obra del ‘Creador del Primer día’.

Esta situación del faraón como continuador de la obra del Demiurgo, está claramente resaltada en ciertos momentos de la historia de Egipto.

Esto es más notorio en los momentos de crisis, resuelta por un faraón que restaura el orden, donde antes solo reinaba el caos.

 Este asunto nos ha sido transmitido a través de ciertos documentos literarios como la llamada Profecía de Nefer-ty , texto recogido entre otros en el Papiro Petersburgo 1116 B, y que se refiere al futuro rey Amen-em-hat I, de la dinastía XII, como sucesor del demiurgo ya que sustituye el desorden reinante por el orden: ‘……entonces vendrá un rey del Sur: Imeny, Justo de Voz es su nombre; es el hijo de una mujer que procede del primer nomo del Sur, nacida en el Alto Egipto. (Él), tomará la Corona Blanca y llevará la Corona Roja, así unirá a Las Dos Tierras poderosas y satisfará a los Dos Señores, Horus y Seth, según sus deseos.

 Todos los campos estarán en su puño..el pueblo de Egipto, se regocijará en su día…los que se inclinaban al mal y los que tramaban una rebelión han finalizado sus palabras,a causa del terror que él les inspira. Los asiáticos serán abatidos y los Timhiu serán arrasados por las llamas…entonces la Maat, volverá a su lugar y el mal será expulsado al exterior’.

 La filiación divina del rey del Alto y del Bajo Egipto queda explicitada en el 5º título del protocolo real: el de Hijo de Ra.

En otras ocasiones se acudía al misterio de la Teogamia en virtud del cual, Faraón resultaba ser hijo carnal del dios (normalmente Amon), encarnado en  el rey padre que fecundaba a la reina-madre.

El faraón como personaje divino tenía privilegios especiales que nos dan testimonio de la creencia en su divinidad por parte de sus súbditos. De este modo el rey recibía culto, no solo tras su muerte sino durante su tiempo de vida. Este culto, en principio practicado solo en Egipto se fue extendiendo, a partir de la dinastía XVIII hasta Nubia. Los templos construidos para dar culto a las estatuas divinas del faraón se alzaban en Gurob y Serreh para Thutmosis III, en Tebas y Soleb, para Amen-Hotep III, llegando, en época  de Ramsés II a cubrirse toda la Baja Nubia con templos de culto real (El Uadi el Sebuah; Gerf Hussein, Abu Simbel o el Aksha) para el faraón y para su Gran Esposa real, la reina Nefert-Ary.

El faraón, en tanto que hijo y descendiente de los dioses tenía la obligación de ser el sacerdote oficiante del culto divino. En su condición de tal nombraba a sus delegados en cada uno de los templos de Egipto para que, en su nombre, se realizasen los oficios diarios de culto, pero en las grandes ocasiones era él mismo quien desempeñaba el papel de oficiante. Este era el caso de los Festivales Reales en honor del dios Min, o la Fiestade la erección del Pilar Dyed, tal como se ve en las representaciones del muro noroeste del patio de la TT192 de Jeruef, en Tebas.

A su vez, Faraón contaba con el auxilio de los dioses. El rey era providencialmente socorrido y auxiliado por su divino padre en momentos especiales como consta en relatos como el llamado Poema de Pen-Taur en el cual se relata tal tipo de ayuda dada por el dios Amon a su hijo Ramsés II: ‘…..Yo te invoco, ¡Oh mi padre Amon. estoy en medio de un enemigo innumerable que no puedo calcular; todos los países extranjeros se han unido contra mí, y yo estoy solo, absolutamente, sin nadie más conmigo.

Mi infantería me ha abandonado y ninguno de los soldados de mis unidades de carros se ha vuelto hacia mí.Yo les grito pero ninguno me escucha cuando les llamo.

Pero me dí cuenta de que Amon  vale más para mí que millones de soldados, más que cientos de miles de carros, más que diez mil hijos o hermanos unidos por un mismo corazón…Entonces noté que Amon venía a mi llamada, me dió su mano, y yo estaba feliz. Gritó detrás de mí: ¡Cara a cara contigo, Ramsés-Amado-de-Amon, Yo estoy contigo!. Soy Yo, tu padre, mi mano está con la tuya. Yo valgo más que centenares de miles de hombres. Yo, el Señor de la Victoria, que ama la Valentía.’.

 Otra deidad que auxilia y protege al faraón era la diosa Sheshat. Ya desde el Imperio Antiguo esta diosa era la encargada de anotar el nombre real sobre las hojas del árbol sagrado de Heliópolis para hacerle vivir. Era lla también quien anotaba el protocolo real del monarca cuando era coronado, manteniendo actualizada su genealogía lo que le acreditaba con legitimidad para ocupar el trono. Pero la más importante facultad de esta diosa era, sin duda, la determinación del tiempo de vida concedido al faraón. Es ella la que concede ‘largos años de reinado e innumerables fiestas Sed al faraón’.

En tanto que dios, el rey tenía deberes de protección para con su pueblo. Us poder divino debía revertir en beneficio de susu súbditos. Así en los festivales de celebración en honor del dios Min, se esperaba que, por la intercesión del faraón se iniciaría la renovación anual de la naturaleza, de modo que, habría abundantes cosechas e innumerables rebaños de ganado.  Idéntico fenómeno se operaría como consecuencia de la celebración de las Fiestas Jubilares de reinado. La misma regeneración experimentada por el faraón con tal motivo traería consigo la renovación del país entero.

 Esta protección se dispensaría al pueblo, aún después de muerto el faraón. Es notoria y conocida la devoción que los habitantes de la ciudad obrera de Deir El Medina, en Tebas, dispensaban al rey Amen-Hotep I y a la madre de éste, la reina Ah-Mose Nefert-Ary. Esta devoción se manifestaba en la celebración de fiestas especiales, pero muy notoriamente en la realización de actividades oraculares ante la estatua del faraón divinizado.

 

 El hombre egipcio ante sí mismo.

Es ahora el momento de analizar la idea que el egipcio tenía de sí mismo como ser limitado y trascendente; qué concepción tenía del problema vital, de sus relaciones con los dioses y, fundamentalmente del problema de la muerte.

Ningún texto conocido nos ha transmitido la definición física del hombre según los antiguos egipcios. No obstante, del conjunto de textos religiosos podemos deducir el concepto que en sí merecían a sus propios ojos los egipcios como parte de la creación.

 Conforme nos cuentan las leyendas del ciclo solar, ….cuando Nun hubo creado a los dioses y a los animales, el mundo no estaba perfectamente acabado. Pero Ra, que ejercía el dominio de la tierra, se esforzaba por cuidar de la creación y hacerla perfecta. Cuando sus ojos comenzaron a llorar a causa del esfuerzo realizado, le sobrevino un sentimiento de alegría y de sus lágrimas que bañaban el suelo surgieron los hombres y ellos fueron creados como los dioses y los animales, en fin, como todas las criaturas vivas. El corazón de Ra pensó y su pensamiento adquirió forma por medio de su palabra, convirtiéndose en expresión oral y, luego, en realidad.

Todo lo que crecía sobre los campos y prados y en los árboles fue asignado a los hombres para que se alimentasen de igual modo que a los animales. Los animales servían a los hombres así como también se apoyaban y ayudaban mútuamente.

 Después de instruirles cómo vivir en casas y en ciudades y cómo trabajar los diversos oficios, los hombres se hallaron en paz en la Tierra y notaron claramente en qué se diferenciaban de los animales…Se les dió la libertad de recordar o de olvidar el Imentit (el reino de los muertos) y de favorecer a los dioses con ofrendas o de blasfemar contra ellos y olvidarlos. Luego- prosigue el ciclo de relatos del mito solar- los hombres intrigaron contra Ra y quisieron usurpar el puesto de los dioses, entonces Ra se encolerizó contra los hombres y se propuso aniquilarlos…’

 

Así pues, es claro de lo expuesto que, los hombres, según la creencia egipcia no eran en modo alguno el centro de la creación y mucho menos los dueños de la misma, sino, simplemente, una parte de la obra divina.

 La creación posterior de los hombres, después de la primera generación que había sido obra de Ra, era tarea del dios Jenum-Ra, tl como lo reflejan los textos de Esna: ‘…Jenum-Ra, el dios del torno de alfarero. .el dios que une a los cuerpos en el seno materno…el que hace vivir a los seres todavía niños gracias al soplo de su boca.’ Jenum creaba a los hombres a imagen de los dioses y también creaba su ka y lo hacía con el barro y el agua del Nilo.

 El egipcio consideraba, de otra parte, conforme parece desprenderse de la estela BM 797, de comienzos del Imperio Antiguo que: ‘ la vision de los ojos, la audición de las orejas y la respiración de la nariz, daban informaciones al corazón, de donde sale todo conocimiento que la lengua repite al exterior. De este modo se ejecutan todas las obras y todos los trabajos del artesano, las actividades de las manos, la marcha de los pies y el movimiento de los demás miembros, siguiendo este orden que ha sido concebido por el corazón y pronunciado por la boca y constituye la naturaleza de toda cosa’.

 

En cuanto a las ideas morales que regían la vida del egipcio, baste recordar la interdependencia de la moral y de la religión en el antiguo Egipto.

 Durante el Imperio Antiguo se escriben textos, según los cuales, el dios Ra, durante su viaje diurno en su barca sagrada repara las faltas realizadas sobre la tierra, en tanto que, por la noche, alivia las penalidades de los fallecidos. A través de los llamados Textos sapienciales conocemos cual era el ideal de vida que inspiraba a los altos funcionarios en cuyas tumbas se han encontrado dichas composiciones literarias.

 El arte de vivir consistía en hacer lo que complacía a los dioses y lo que aprobaban los hombres, según los siguientes principios: amor a los padres, a los que se debe obediencia; fidelidad al rey; humanidad, especialmente con los inferiores; conciencia en el cumplimiento de las obligaciones de cada cual; integridad, imparcialidad: en suma, sumisión a la doctrina de la Maat o principio de la Verdad-Justicia.

La sabiduría Suprema, según los diversos principios de los escritos de Ptah-Hotep o Ani, consistía en ‘entregarse en los brazos de dios del que dependen la felicidad o la desgracia del hombre y del que, por otra parte, los designios son impenetrables.’

 

La muerte.

 Tras esta trayectoria vital parece que el egipcio se enfrentaba a la muerte como a un mero tránsito que marcaba el paso de una clase de existencia (la vida terrestre) a otra forma o aspecto de vida en el Más Allá; no se trataba, por tanto, de un asunto negativo y era interpretada como un simple cambio de estado preliminar a la resurrección a una segunda vida más intensa y duradera que la primera y libre de todas las ataduras y servidumbres de aquélla.

 Acaecida la muerte física, el cuerpo seguiría siendo el soporte del espíritu del difunto, por obra de los ritos de la momificación y de la realización de la Apertura de la Boca. Por esta razón el cuerpo muerto y osirificado recibía en los textos el nombre de ‘Bastón’, xt . La personalidad específica del difunto se componía de diversos elementos, entre los cuales estaban el ba, especie de potencia espiritual que permitía trasladarse al difunto, en forma de ave, allí donde desease para contemplar los lugares que disfrutó durante la vida terrestre. El ka, especie de ‘aura o doble’ del difunto en vida, su esencia vital, que debía encontrar apoyo en la momia o en cualquier otra representación física de su dueño a fin de que aquél pudiera mantener su identidad personal.

Un tercer elemento, el Aj, íntimamente unido a los dos anteriores, garantizaba la pervivencia del difunto. En este caso, esta condición se unía al difunto a través de los ritos llamados Shaju, que implicaban una transformación radical del ser para transformarse en un ente radiante y luminoso como las estrellas imperecederas, ixmw Ski (T. P. 141, c).

Pero ¿en qué condiciones concretas se hallaban los difuntos en el Más Allá?.

 Durante la época predinástica, antes del desarrollo de las religiones solar y osiriana parece que se creía que el espíritu continuaba viviendo en relación más o menos directa con el cadáver, lo que, de algún modo siguiendo siendo una constante durante toda la historia de Egipto. El culto funerario como medio para recibir ofrendas alimentarias era esencial para este tipo de vida y el espíritu podía volver a la tierra bajo la forma de un halcón.

 En los comienzos del Imperio Antiguo, el difunto convertido en un Osiris por los ritos del embalsamamiento, se aseguraba un lugar en el rico reino subterráneo de Osiris.

 Durante la dinastía V, se elaboró una doctrina del Más Allá, adaptada a las necesidades de la religión solar. Según esta ideas que antiguamente dejaban a sus seguidores, tras la muerte en las moradas subterráneas de los dioses ctónicos, el difunto se transformaba en ‘heliopolitano’ por medio de lustraciones especiales, una suerte de ‘bautismo’ hecho a los muertos. Como consecuencia inmediata de ello el muerto compartiría en lo sucesivo la vida del mismo dios sol, Ra. Esta doctrina que fue aplicada al principio solo al faraón, se hizo luego extensiva, a partir de la dinastía VI a los cortesanos y a los funcionarios reales, finalmente a todo el pueblo a partir del Primer Periodo Intermedio.

Esta creencia que sobrevivió a la gran crisis de la caída del Imperio Antiguo, momento en el que fue concebida, se superpuso en la mentalidad egipcia a las anteriores creencias ctónicas y Osirianas.

 A partir de la dinastía XVIII todo difunto aspirará a acceder al mundo de Osiris y a navegar con Ra en la Barca Solar.

 En cuanto a la idea egipcia a propósito de cómo era el lugar y el modo en que sobrevivían los difuntos, ésta evolucionó de manera paralela a la de la concepción misma de la doctrina religiosa funeraria que hemos visto hace un momento.

 

Durante la época más antigua los muertos habitan en un paraíso ctónico, subterráneo, llamado ‘lo inferior del dios’ Xrt nTr. Se trataba de una región inaccesible a los vivos, pero que tenía su entrada a partir de la tumba.. Es a partir del Imperio Antiguo cuando se empieza a hablar del ‘Occidente’, como lugar de residencia, colocado bajo la protección de Osiris.

Cuando, más tarde, desde del Imperio Medio, se produjo una especie de unificación de los textos funerarios, el ‘Occidente’ se identificaría con los lugares llamados ‘Campos de Ofrendas y del Iaru’. Estos eran lugares de características agrícolas, al menos desde la dinastía XVIII. En ellos el difunto debía realizar trabajos en los campos para justificar las propiedades que le eran entregadas en aquél lugar, el Reino de Osiris.

Junto a esta creencia, también se admitía, durante el Imperio Nuevo, que el difunto podía residir en el cielo. Allí, a bordo de la Barca Solar, seguía los periplos diurnos y nocturnos del propio dios sol Ra.

 En suma el pueblo egipcio fue un pueblo creyente, religioso y entregado a sus dioses, no en balde fue en Egipto el lugar donde se formaron las células del proto-cristianismo que dieron lugar a una de las más importantes religiones de la humanidad.