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PLANTAS PARA LA ETERNIDAD |
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Por Dña. María Begoña del Casal Aretxabaleta. Comunicación presentada en el III CONGRESO MUNDIAL DE ESTUDIOS SOBRE MOMIAS, patrocinado por el Departamento de Arqueología y Museología de la Universidad de Tarapacá, Ariaca. (Chile). Tarapacá 18 y 22 de Mayo de 1998. |
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El
presente trabajo quedó englobado en el Simposio 9, que se denominó Las
plantas para los muertos. Dicho Simposio se compuso exclusivamente por
las investigaciones que seis mujeres han realizado sobre el mudo funerario
pretérito. Cinco de ellas dedicadas al estudio de los materiales
vegetales hallados en enterramientos precolombinos, chilenos y argentinos,
encasillándose la presente en el ámbito luctuoso del Antiguo Egipto
estudiado a través de la iconografía. El presente estudio y el firmado
por E. Belmonte, M. Ortega. P. Arévalo, V. Cassman y L. Cartmell, que
llevó por título Presencia de la hoja de coca en el ajuar funerario
de tres cementerios del Período Tiwanaku en Arica, versaron sobre los
componentes narcóticos de determinadas plantas usadas en distintos
enterramientos pertenecientes a culturas ajenas entre sí en el tiempo y
la distancia geográfica.
Debido a mi ausencia física en el Congreso, esta comunicación fue
amablemente presentada por Dña. Eliana Belmonte, del Dpto. de Arqueología
y Museología de la Universidad de Tarapacá, en la tarde del día 21 de
Mayo de 1998. ABSTRACT: En
términos generales, lo más representativo del Antiguo Egipto es su colosal
arquitectura y la extraordinaria belleza de sus abundantes murales, estos
muy explícitos en cuanto al tema de los entierros. De ellos se desprenden
informaciones tan interesantes como el empleo de plantas estupefacientes en
el culto a los dioses y en el rito funerario, algo que daba categoría
inmortal y casi divina al finado.
Gracias a la atenta observación de estas pinturas y bajorrelieves
puede establecerse la necesaria relación entre los restos de las ofrendas a
los muertos, hallados en tumbas invioladas del Imperio Nuevo, y los usos que
la civilización nilótica hizo, durante los actos luctuosos, de ciertas
plantas poseedoras de altos poderes sedantes y alucinógenos: Lactuca,
Nymphaea caerulea y Nymphaea alba, Cannabis sativa, Mandrágora
officinarum, Solanum dulcamara, Papaver somniferum y Calystegia
sepium. Todas ellas unas variantes botánicas que, hábilmente
combinadas con otras, específicamente destinadas a contrarrestar sus
desagradables efectos tóxicos, fueron pródigamente utilizadas en la
confección de collares, guirnaldas, diademas, ofrecidas como alimentos para
el Más Allá, e incluso, siendo sus alcaloides parte de ungüentos o cosméticos. PALABRAS
CLAVES: Egipto, Funerales, Flores, Narcóticos, Alucinógenos, Mandrágora,
Opio. INTRODUCCIÓN De
entre los grupos humanos que en la Antigüedad poblaron la cuenca mediterránea,
el egipcio destaca vivamente por la originalidad de su civilización.
Durante más de tres mil años, regidas por una edite culta y refinada,
todas las clases sociales del País del Nilo se desenvolvieron en un
ambiente profundamente religioso. Hubo magníficas imágenes de culto,
algunas cinceladas en oro puro, en cada uno de los grandiosos templos que
jalonan el curso del río Nilo; el cual, a su vez, también estuvo
considerado una divinidad relacionada con la generosidad y la abundancia.
Cada hogar, desde el fastuoso palacio faraónico hasta la choza del humilde
campesino, contó con un pequeño sagrario, situado en lugar preferente,
ante el que sus moradores e invitados veneraban a la divinidad por la que el
cabeza de familia sentía especial devoción. Sin
que ello sorprendiera o hiciera tambalear la fe de los egipcios, fueron
muchos los dioses demiurgos que poblaron los santuarios: Atum, Ra, Ptah,
Herishef, etc. Pero además, el nutrido panteón contó con infinidad de
deidades para cada momento de la vida o situación particular, por ejemplo:
Hathor, asociada con la belleza, la música y el amor; Bes, con el sueño,
la alegría y la infancia; Tot, conocedor de los arcanos más profundos del
pasado y el futuro, inventor de los idiomas, la escritura y las artes. Pero
ha sido el trío familiar compuesto por Isis, Osiris y Horus el que ha
conseguido trascender su cultura originaria con mayor éxito. Existen
indicios suficientes para asegurar que cinco mil años atrás los reyes
rindieron culto a Osiris en el enclave de Abidos (Egipto central), y que
veinte siglos después su religión estaba totalmente extendida. El ejemplo
osiríaco fue el primer exponente de la esperanza en la existencia inmortal
ofreciendo una repetición de vida plena y grata, en nada semejante al
inframundo propuesto por credos posteriores. El mito de Osiris cuenta cómo
este dios, después de ser traicioneramente asesinado y desmembrado por su
envidioso hermano Set, es recompuesto por su amante esposa, Isis, tras
recorrer la tierra en busca de sus despojos dispersos e ir uniéndolos
mediante apretados vendajes. Una vez conseguida esta meta, Isis, con sus
dones de gran maga, dota al cuerpo momificado de su esposo de una existencia
diferente a la que tuvo antes de morir: la vida eterna. Convertido de este
modo en el rey de los muertos resucitados, Osiris siempre tuvo una
inconfundible representación momiforme. La
momia, o más exactamente el cuerpo embalsamado de cualquier egipcio, llegó
a ser una verdadera pieza de artesanía que, en los casos de los faraones
Tutmosis IV y Seti I, rozó el arte. Setenta días invertían los
especialistas embalsamadores en conseguir su obra. Comenzaba por la
evisceración selectiva de hígado, pulmones, intestinos y estómago,
obtenidos a través de una incisión abdominal en el costado izquierdo. La
limpieza ritual del cuerpo inerte seguía con la extracción de los sesos a
través de la nariz, perforando el hueso etmoides y alcanzando la masa
cerebral por medio de unos ganchillos de mango largo. Luego le llegaba la
hora a la total desecación del cadáver, tendido en una mesa y totalmente
cubierto con una envoltura de sales de natrón. Pasados unos cuarenta días,
el cuerpo seco se limpiaba de sales con vino de palma y se pasaba al proceso
del vendaje. Éste comenzaba por los dedos de pies y manos, para continuar
con los miembros y terminar con la cabeza y el tronco. Dependiendo del poder
adquisitivo que el finado hubiera tenido en vida, entre las vueltas del
vendaje se intercalaban joyas y amuletos de mayor o menor valor. Bien
sujetas las bandas de lino por medio de sucesivos aportes de una goma extraída
de la acacia, el cuerpo, exento de grasa y agua, y meticulosamente vendado,
quedaba rígido y ligero de peso. Mediante estos métodos, laboriosos y
complejos, que requerían unos conocimientos muy puntuales, se conseguía
que un cuerpo, humano o animal, quedara convertido en algo casi imperecedero
y listo para su tránsito al Más Allá. Pero aún faltaban ciertos detalles
de identidad. Por ejemplo, la inscripción de su nombre y sus cargos sobre
la mortaja, y el ataúd antropomorfo reproduciendo las facciones de su
propietario, hecho en madera o cartón. En el caso de la realeza varios
consecutivos, que a su vez se protegían con impresionantes sarcófagos
rectangulares que, en ocasiones, estuvieron elaborados a partir de un solo
bloque de piedra tan dura como puede ser la cuarcita. El
entierro egipcio constituyó un verdadero espectáculo. Abriendo el camino,
los sacerdotes funerarios regaban el suelo que iba a pisar la comitiva con
aspersiones de leche. Tras ellos marchaba el oficiante, un sacerdote sem,
que podía ser un clérigo adscrito al ritual funerario o el heredero del
muerto. Tras él, arrastrado por una pareja de bovinos y sobre un patín con
forma de trineo que facilitaba su arrastre sobre las arenas desérticas, iba
el catafalco cubierto por ricos tapices conteniendo el muerto dentro de su
ataúd. Flanqueando el catafalco, dos grupos de hombres compuestos por
amigos y familiares, simulaban acarrear la mole por medio de unas cintas que
sujetaban con las manos. Tras este grupo desfilaba un abundante número de
plañideras emitiendo los consabidos alaridos de dolor y, por último, los
sirvientes portando el ajuar funerario. Cuando el cortejo llegaba a la
tumba, generalmente situada en la margen occidental de Nilo, tenían lugar
los actos más importantes del entierro: las purificaciones de todo cuanto
se disponían a sepultar y los ritos mágico-religiosos que se operaban
sobre el cuerpo embalsamado después de que los familiares se despidieran de
él, ornándolo con delicadas guirnaldas que envolvían su abdomen y cabeza,
así como un ancho collar vegetal en torno al cuello. Luego, los sacerdotes
funerarios le practicaban un ritual conocido por apertura de la boca,
cuya finalidad radicaba en devolverle todos y cada uno de los sentidos
arrebatados por la muerte, animando el cuerpo inerte mediante unciones de
esencias sagradas, cuyos componentes hoy desconocemos en su mayoría.
Terminados estos actos postreros, el difunto era depositado en su eterna
morada y la tumba se cerraba, propiciando la transformación del difunto en
un ser semejante al dios Osiris. El
reino de Osiris se consideraba muy semejante al real, al tangible que conocían
los antiguos egipcios. En él, el renacido, en plenas facultades juveniles,
pasaba a ostentar el titulo genérico de Osiris seguido de su nombre propio
y comenzaba el disfrute de una vida bucólica, plena de sensaciones y
sentimientos, maravillosa y eterna, en paisaje que era la repetición exacta
del Valle del Nilo. En el reino de Osiris no se conocían la enfermedad, la
vejez ni el trabajo, que era resuelto por un nutrido grupo de ushebtis
o servidores[1],
ciegos y sordos a cualquier voz que no fuera la de su amo. Pero alcanzar el
reino de ultratumba no era tarea sencilla ya que, en cuanto a bienes
materiales se refiere, el egipcio había de empezar por poseer un
enterramiento digno, propio o familiar, contar con un buen embalsamamiento
de su cadáver, pues la continuidad de la segunda vida pasaba por conservar
en buen estado el cuerpo. También había de tener a su entera disposición,
y hacer durar para siempre, toda clase de alimentos y enseres, recogidos en
la tumba. Previniendo la amenazadora posibilidad del robo de las riquezas y
la destrucción del cuerpo, tomaron la pueril precaución de reproducir
cuanto inmovilizaron en sus hipogeos y en las paredes de los mismos,
pintando o esculpiendo todas aquellas cosas que ansiaban para el Más Allá.
Lo más importante era su propia imagen reproducida en una estatua, capaz de
sustituir al cuerpo embalsamado si es que a éste le ocurría cualquier
percance. Las paredes de las tumbas particulares se cubrieron
preferentemente con escenas de matices religiosos y retratos de las personas
más queridas, riquezas títulos honorarios, joyas, ropajes y viandas. Y,
del mismo modo que creían que los ushebtis tenían la facultad de
cobrar vida para atender a sus necesidades, consideraban que todo lo demás
podía abandonar su estado inanimado para convertirse en algo tangible y
real. La
segunda parte de las dificultades que el hombre del Nilo abordaba, ésta ya
después de haber muerto, estaba relacionada con la moral y el buen
comportamiento ejercido durante la vida terrenal. Egipto se regía por un
concepto múltiple de orden, justicia, verdad y armonía cósmica llamado maat,
cuyo hacedor era el dios Ra y estaba encarnado en la virtud del faraón,
pero de cuyas normas no estaban excluidos el resto de sus súbditos. Tras la
muerte, estas actividades mundanas eran revisadas en un juicio sumarísimo
al que asistían cuarenta y dos dioses, y estaba presidido por el propio
Osiris, actuando como notario el dios Tot. Si el alma en trance conseguía
convencer a los dioses de su bondad, empleando para ello toda clase de
apoyos, como el Libro de los Muertos[2]
e infinidad de amuletos, estaba en
condiciones de comenzar la nueva y perdurable vida. El
mito de Osiris nació de la fusión de un antiquísimo culto agrario a la
regeneración periódica de la naturaleza con el practicado en honor de otro
dios encargado de velar por los difuntos. Osiris sufrió en su cuerpo el
paralelo a la muerte temporal de la vegetación, el reposo de la semilla en
la tierra y su espléndido renacimiento, abriendo con ello una vía de
esperanza en la resurrección a sus seguidores y, enlazando con éste
origen, está la siguiente evidencia arqueológica: imitando la silueta de
la imagen de Osiris se confeccionaron unos cajones que, llenos de tierra,
eran sembrados con trigo, regados abundantemente y colocados dentro de las
tumbas con el resto del ajuar funerario en el momento del entierro. Entre
las piezas del tesoro de Tutanjamón se encontró uno de estos cajones con
trigo germinado[3],
donde los tallos habían llegado al alcanzar varios centímetros de
longitud. ICONOGRAFÍA Y
DESCRIPCIÓN DE LAS ESPECIES BOTÁNICAS La
estrecha unión de este dios con la vegetación y los ritos funerarios
tuvieron sus primeras representaciones iconográficas en el Imperio Antiguo
egipcio (2575-2134 a.C.), mostrando a las damas dolientes de los funerales
aspirando invariablemente el aroma de una única flor de nenúfar. La misma
escena se retomó durante el Imperio Medio (2040-1640 a.C.), alcanzando a
las primeras representaciones ejecutadas en el Imperio Nuevo (1550.1070
a.C.). Hasta esta fecha, las únicas flores que aparecían representadas en
las tumbas era los nenúfares, en sus variedades Nymphaea alba y Nymphaea
caerulea, nenúfar blanco y nenúfar azul respectivamente. Muchas
cosas se modificaron en Egipto durante la dinastía XVIII, que fue la saga
constructora del Imperio Nuevo, y una de ellas fue el amor por los jardines
botánicos, nacida del deslumbramiento que sus reyes sufrieron por las
especies vegetales encontradas en los países sometidos, por vez primera, al
dominio nilótico. En los jardines reales, en los particulares y en los
herbarios medicinales de los templos, se plantaron cuantas especies exóticas
despertaron el interés de los egipcios por diferentes razones. La primera
importación botánica de la que tenemos constancia ocurrió hacia el año
1472 a.C., y quedó reflejada en el templo funerario de la mujer faraón
Hatshepsut[4],
en forma de unos delicados bajorrelieves que reproducen variadas escenas del
viaje realizado al misterioso País del Punt en busca de las preciadas lágrimas
de incienso. Esta resina solidificada tenía mucha demandada en Egipto, pues
no se concebían las liturgias sin las nubes de humo aromático procedentes
de su combustión. Pero la audacia de la reina fue más allá de la
necesidad de la resina seca, ella ordenó llevar hasta Tebas arbolitos vivos
de incienso para sombrear los dos estanques sagrados que tuvo su magnífico
templo funerario. Siguiendo
este ejemplo, su sucesor Tutmosis III, el gran caudillo que encabezó múltiples
campañas por la región sirio-palestina, también se encargó de recoger árboles
y plantas exóticas por las tierras del norte y presentarlas, como un
ofrenda al dios oficial[5],
en un auténtico Jardín Botánico que construyó dentro del templo de
Karnak. Naturalmente, dicho jardín ha desaparecido hace muchos siglos, pero
el rey tuvo la feliz idea de emular a su predecesora y duplicar, en unos
perfectos bajorrelieves, cuantas plantas había llevado a Egipto como
novedad. Entre estos ejemplares botánicos se encuentra una planta que
influyó poderosamente en la dinámica de los ritos funerarios: la Mandragora
officinarum. Inicialmente
reservada al uso religioso del faraón Tutmosis III, pronto, durante el
mandato de su hijo Amenofis II, las bayas de mandrágora aparecen
representadas en una tumba particular, la del Alcalde de Tebas, Sennefer
(CASAL ARETXABALETA, 1995: 12). A partir de este momento, la tumbas de los más
destacados aristócratas egipcios recogieron en sus pinturas estas bayas con
gran profusión. Cierto que dichas bayas son muy vistosas y alegran el monótono
repertorio de nenúfares y papiros que hasta entonces componían los
ramilletes egipcios, pero no es menos cierto que los efectos alucinógenos
de estos frutos brillantes, dorados y carnosos, pudieron ser los verdaderos
motivos de su aceptación en el ritual funerario, pues teniendo en cuenta
que su aroma no es agradable, no parece lógico que las damas representadas
en la tumba de Nebamón[6]
aspiren su olor, con reputación de nauseabundo, ni que el mismo noble las
cultivara en las orillas del estanque de su cuidado jardín[7]
. Sin
duda, los egipcios encontraron en los alcaloides de la mandrágora,
presentes tanto en las bayas como en la raíz, un vehículo adecuado para
potenciar su elevado misticismo en los cultos divinos[8]
a la vez de un excelente narcótico que, preñando de alucinaciones realísimas
sus mentes, les hiciera caer en un trance mental de acercamiento al mundo
osiríaco durante los funerales. El
efecto narcótico de la mandrágora, recién llegada a Egipto, pronto originó
cambios notables en las artes plásticas destinadas al uso y disfrute de la
nobleza: las figuras ganaron en movimiento, en gracia y soltura, y los párpados
de los aristócratas, incluso de la realeza, se entornaron enmarcando
miradas soñadoras, perdidas o ausentes, incapaces de fijarse en nada.
Enjuiciado desde la visión artística, este cambio en el tratamiento estilístico
de los ojos de los egipcios del siglo XIV a.C. se ha considerado
tradicionalmente consecuencia del refinamiento estilístico de la época;
sin embargo, actualmente tenemos suficientes indicios como para puntualizar
que el efecto óptico era producido por la ingesta de estupefacientes, más
concretamente de mandrágora, bien directamente de sus frutos o de las
bebidas alcohólicas donde se macerasen previamente sus raíces, que es la
parte de la planta que mayor concentración de alcaloides tiene. De este
modo, el rito fúnebre, por el que un mortal era convertido mágicamente en
un nuevo Osiris, dios de la regeneración, aunó el éxtasis religioso a la
flora psicotrópica de fuertes efectos tóxicos, como se verá más
adelante. Investigando
entre las especies botánicas aparecidas en estos jardines pétreos, en las
tumbas invioladas y en los papiros médicos, encontramos muchas variantes
herbáceas con poderes modificadores de la psique. Autóctonas: la Lactuca[9];
dos Nymphaeas, la caerulea
y la alba[10];
el Cannabis sativa y la Calystegia
sepium, Importadas:
la Mandragora officinarum[11],
la Papaver somniferum[12]
y, posiblemente, la Solanum dulcamara, todas ellas de uso
perfectamente documentado durante el Imperio Nuevo y cuya relación se
evidencia a medida que son observados detenidamente diferentes materiales
arqueológicos. La
meticulosidad con que los egipcios recogieron los más mínimos detalles de
su vida y sus actividades en papiros, piedras de las diferentes
arquitecturas, ha hecho que hoy dispongamos de un extenso catálogo de
plantas y árboles que tuvieron en sus mansiones y en sus herbarios médicos.
Comenzando
por las decoraciones de tumbas y templos, podemos ver que la representación
de una señora aspirando el aroma de un nenúfar, Nymphaea alba o Nymphaea
caerulea puede simultanearse al tiempo de edificación de las primeras
pirámides, hacia el año 2500 a.C. El nenúfar es una planta acuática
dotada de hojas alternas, que salen directamente del rizoma semienterrado,
siendo redondeadas y flotantes. Las flores, solitarias, emergen apoyadas en
largos pedúnculos ligeramente fláccidos y están compuestas por numerosas
pétalos dispuestos en espiral. Los nenúfares fueron de gran utilidad a los
antiguos egipcios por los suaves efectos sedantes, también alucinógenos
(SCHULTES y HOFMANN, 1993: 73), de la
apomorfina, la nuciferina y la nornuciferina, alcaloides que los nenúfares
contienen en sus flores y rizomas
(NUNN, 1997: 157). Esta cualidad narcótica
debió ser responsable de que, durante los entierros, las damas egipcias se
coronaran con flores frescas de loto y aspiraran profundamente el aroma de
otras que llevaban en las manos, mientras ante sus ojos, estupefactos, se
desarrollaba el complicado ritual funerario. Además, la maceración en vino
o cerveza de las flores o de los rizomas de nenúfar puede dar por resultado
una bebida narcótica, la cual se recomienda en las recetas 209 y 479 del
Papiro Médico Ebers (NUNN, 1997: 157). Otro de los efectos de los
alcaloides del nenúfar es anafrodisíaco. Las
representaciones de lechuga, Lactuca virosa, en templos y
tumbas apareció casi a la vez que la de los nenúfares, y su presencia
iconográfica no faltó en ninguna mesa de ofrendas para la vida eterna. Son
tantas las variedades de lechuga que existen que es difícil precisar cual
de ellas es la que cultivaron los antiguos egipcios. En general, se trata de
hierbas anuales, con tallos de hasta 1 m. de largo y gruesa raíz. La
ingesta del látex de su raíz, extraído mediante incisiones, hace
desaparecer los deseos sexuales (OROZ y MARCOS, 1994: XVII-10, 11) y sus
efectos, no euforizantes, se aproximan mucho a la acción de los barbitúricos
(RIBERA NÚÑEZ y OBÓN CASTRO, 1991: 1023). El
cáñamo, Cannabis sativa, se usó en fumigaciones y ungüentos médicos
durante todo el periodo faraónico, como demuestran múltiples recetas de
remedios curativos. El cáñamo es una planta anual, robusta, erecta y
libremente ramificada, que en buena exposición alcanza 4 ó 5 m. de altura.
Los sexos están separados, siendo la planta macho pequeña y débil,
desapareciendo después de la liberación del polen; por el contrario, la
planta hembra es más resistente y su follaje más frondoso. Las hojas se
presentan digitadas, lanceoladas y comúnmente de entre 6 a 10 cm. de largo,
por 1,5 de ancho, siendo su color verde intenso. Las flores, simples, nacen
al final de las ramas, variando sus tonalidades entre el verde oscuro, verde
amarillento o marrón purpúreo (SCHULTES y HOFMANN, 1993: 38) siendo esta
la parte más psicoactiva de la planta. Bien conocidos son sus efectos
sedantes sobre el sistema nervioso central y la suave incitación erótica
que proporciona su consumo. Una
convolvulácea, la Calystegia sepium, es una planta silvestre que
también admite cultivo. Se trata de una hierba perenne, de color verde, de
tallos lisos y trepadores que pueden alcanzar los 5 m. de longitud. Las
hojas son grandes y astadas, con el ápice puntiagudo y los bordes
ondulados, provistas de largos peciolos. Las flores tienen la corola
acampanada, de color blanco, a veces rosado, son grandes y vistosas,
naciendo de la axila de las hojas con largos pedúnculos, que maduran en
frutos capsulares y subglobulosos, desprovistos de pelos. El efecto de la
infusión de sus hojas puede provocar sueños adivinatorios, mezclada con
vino tiene reputación de afrodisíaca y se dice que el humo procedente de
la combustión de sus raíces es capaz de provocar alucinaciones
relacionadas con el abandono del cuerpo y sensaciones de vuelo, quizá por
la cuscohigrina que contiene y que es uno de los alcaloides contenidos en la
coca y en algunas solanáceas (RIBERA NÚÑEZ y OBÓN CASTRO, 1991: 820). Es
de la familia de la Ipomoea violácea, de origen americano, aún mas
rica en alcaloides que la Calystegia sepium (SCHULTES y HOFMANN,
1993: 66-67). Sin
duda alguna, la mandrágora no puede considerarse una especie autóctona de
Egipto, que no obstante, se aclimató muy bien al clima nilótico, llegando
a dar frutos de considerable tamaño. Es una planta herbácea perenne, de
unos 30 cm. de altura. Con hojas abundantes, desprovistas de tallo, ovales,
grandes, rugosas mates y de color verde oscuro. Las flores son campaniformes,
de color blanquecino marcado de rojo, cuya corola alcanza unos cuatro centímetros
de diámetro, emanan mal olor y nacen solitarias en la axila de la hoja,
disponiéndose sobre largos pedúnculos erectos que forman una especie de
ramo floral rodeado por las hojas. Sus bayas elipsoidales son tersas,
brillantes y carnosas, de un dorado luminoso y olor fétido. Su raíz es
fuerte, blanquecina, fusiforme, y con frecuencia antropomórfica. Toda la
planta contiene fuertes alcaloides, expuestos por orden decreciente:
hiosciamina, escopolamina, norhiosciamina, mandragorina y atropina (RIBERA NÚÑEZ
y OBÓN CASTRO, 1991: 804). Sin ser el más potente, es este último
alcaloide el responsable de la extraña mirada, ya mencionada, que se
detecta en los personajes ilustres de las pinturas y bajorrelieves egipcios
del Imperio Nuevo, que no es nada más que la midriasis[13]
producida por una alta ingesta de él. Toda la planta contiene los mismos
alcaloides en mayor o menor concentración y la bebida resultante de la
maceración de su raíz en bebidas alcohólicas se tiene por afrodisíaca. Desconocemos
el nombre egipcio de la Solanum dulcamara, aunque se puede asegurar
que fue bien conocida en la corte de Tutanjamón, pues una cenefa compuesta
con sus frutos adorna la cabina de uno de los seis carros encontrados en la
tumba del rey niño[14].
También estas bayas rematan un juego de pendientes infantiles del mismo
monarca[15].
Se trata de una hierba perenne de hasta 2 m. de altura. Las hojas tiene
forma oval. La flores son de color amoratado, a veces blancas, y se disponen
en ramilletes terminales de 10 a 15 flores. Los frutos son ovoides, carnosos
y de color verde cuando están creciendo, momento de máxima toxicidad, en
que su ingesta puede causar la muerte, y rojo brillante al alcanzar la
madurez (RIBERA NÚÑEZ y OBÓN CASTRO, 1991: 801). La
Papaver somniferum es una hierba anual de color verde azulado y algo
ceniciento, cuyos tallos alcanzan más de 1 m. de altura y suelen estar poco
ramificados. Las hojas y los tallos aparecen cubiertos de pelos rígidos y
dispersos. Las hojas son de gran tamaño y abrazan por su base a los tallos
de las flores, que son grandes y vistosas, con los pétalos retorcidos sobre
el botón floral y su color varía entre el rojo, rosado purpúreo, incluso
casi blanco. El fruto es una gran cápsula, coronada por un disco en el cual
aparecen de 8 a 15 estigmas dispuestos radialmente. El pedúnculo, por la
parte que se une a la cápsula, presenta un engrosamiento anular. El jugo o
látex de la adormidera, el opio, contiene más de veinte alcaloides entre
los que destacan por su concentración la morfina, la papaverina, la tebaína
y la codeína. Las raíces se consideran afrodisíacas, así como las
semillas mezcladas con el látex, siempre que las cantidades estén por
debajo de las dosis narcóticas (RIBERA NÚÑEZ y OBÓN CASTRO, 1991: 273). CONCLUSIONES Habiendo
revisado de forma general el sentir religioso de la cultura egipcia y sus
profundas creencias en una vida eterna, así como el aspecto y las
propiedades de cada una de estas plantas narcóticas representadas en las
decoraciones de enseres y monumentos, podemos considerar que aquellos
ejemplares que formaron parte de los delicados trabajos de floristería en
los actos rituales en Antiguo Egipto, fueron tan reales como simbólicos. Es
casi seguro que sus representaciones rituales son alegorías indicativas de
que quien olfatea determinada flor o se adorna con ella está bajo los
efectos psicotrópicos de sus alcaloides. Es más, en todas las escenas
funerarias de ofrendas al muerto aparecen grandes vasijas de vino y cerveza,
inicialmente ornadas con lotos y posteriormente también con mandrágoras,
cuyo evidente significado ratifica la hipótesis del uso de bebidas
embriagadoras potenciadas con productos narcóticos. Sabiendo
que los médicos egipcios recomendaron la maceración en vino o cerveza los
rizomas del nenúfar, quizá ignorando que esa era la fórmula ideal para la
extracción de los alcaloides, pero conociendo bien los poderosos efectos de
las bebidas alcohólicas así tratadas. Al evidenciarse que dominaban
perfectamente el sistema de extracción de los principios activos de ciertas
plantas alucinógenas, nos hallamos en condiciones de abordar el siguiente
paso de la investigación: el desarrollo paulatino de las necesidades que el
uso de cada una de ellas generó. No
obstante, el hecho de que en ninguna inscripción, de esas tan metódicas a
las que nos tienen acostumbrados los antiguos egipcios, aparezcan
referencias más o menos puntuales a estas prácticas con narcóticos puede
resultar extraña a ojos de aquellos que no estén muy versados en la
disciplina de la Egiptología. Efectivamente, casi todas las informaciones
explícitas que tenemos respecto a las costumbres y prácticas funerarias
nos han llegado por caminos indirectos. El embalsamamiento lo conocemos por
medio de los escritos de un historiador y geógrafo clásico (HERÓDOTO,
LXXXVI, LXXXVII y LXXXVIII, 1989: 182-183). El entierro se recogió, en
parte, en una narración de gran valor literario conocida por la Historia
de Sinuhé[16]
y por medio de las decoraciones de los hipogeos particulares. Lo que se
corresponde con los actos mágicos, nos ha sido revelado mediante el estudio
concienzudo de los materiales encontrados y por la traducción de los múltiples
fragmentos de antiguos papiros que componen el famoso Libro de los
Muertos. Pero todas estas fuentes de información carecen de detalles
que pudieron ser omitidos por su cotidianidad o, quizás, para que aquellos
depurados conocimientos no cayeran en manos profanas. Aparentemente,
el uso de la mandrágora en el panorama religioso se introdujo como apoyo a
la moderada acción alucinógena del nenúfar, pero este consumo presentaba
los problemas derivados de su alta toxicidad: vómitos y diarreas, cuando no
la muerte por exceso. Y, aunque los médicos regularan pronto bien las dosis
adecuadas para evitar los graves accidentes, lo cierto es que los efectos
visionarios de la mandrágora sólo se consiguen por medio de una
considerable cantidad de alcaloides siendo, por ello, inevitables los
malestares característicos del cólico, perfectamente representados en
varias escenas de vómitos pintadas en diversas tumbas tebanas. Estos
efectos secundarios son comunes en casi todas las solanáceas alucinógenas,
las cuales producen visiones de extraordinario realismo y, sobre todo,
suspenden el recuerdo de haber ingerido una droga, de manera que el que la
toma cree estar viviendo situaciones reales (OTERO AIRA, 1979: 13). Como
se evidencia por esta información, la mandrágora era la droga ideal para
propiciar estados de alto misticismo, en los que el usuario quedaba
convencido de la autenticidad de sus ansiados contactos con el mundo de los
dioses. La
mandrágora admite varias formas de administración: la cremosa, por vía
cutánea, vaginal o anal[17]
y, aunque el olfato también sea sensible
a esta penetración de alcaloides, la fórmula más eficaz de conseguir con
ella la ebriedad narcótica es el consumo oral, mediante la ingestión de
bayas o, especialmente, bebidas alcohólicas en las que se haya macerado su
raíz. Cualquiera de estas modalidades de consumo conduce a la mente hacia
un estado alucinatorio exento de la conciencia de estar bajo los efectos de
una droga, a la vez que desencadena un indeseable malestar gástrico, para
finalizar conduciendo al consumidor a un profundo sueño. Las
abundantes representaciones de mandrágora junto con flores de azulejo, Centaurea
depressa o Centaurea cyanus, condujo esta investigación hacia una
posible relación entre ellas dos. Se sabe que el azulejo no es una especie
autóctona de Egipto y que pudo llegar hasta el país del Nilo desde el
Cercano Oriente (RIBERA NÚÑEZ y OBÓN CASTRO, 1991: 1007), seguramente
asociada ya a la mandrágora, por los dones digestivos de una tisana hecha
con los pétalos de las flores, indicada contra los dolores debidos al
envenenamiento por esta solanácea. Otra
relación floral muy llamativa es la que se estableció poco después entre
la mandrágora, el azulejo y una amapola, que bien puede ser la adormidera, Papaver
somniferum, pues es sabido que hasta el siglo pasado las molestias
derivadas del consumo de mandrágora se trataban con opio, por encontrarse
en él el mejor calmante para los dolores a la vez de actuar como un eficaz
astringente. Con la aparición de la adormidera las cosas se complican un
poco, pues ya no estamos tratando unas especies de ingestión peligrosa,
siempre según la dosis, que no crean dependencia física, sino que nos
enfrentamos con la reina de los narcóticos, la productora del opio, la que
es capaz de crear la mayor adicción. Mucho
se ha escrito sobre el asunto del conocimiento que los egipcios del Imperio
Nuevo pudieron tener del opio (NUNN, 1997: 151-156). Existe una prueba de
laboratorio en favor de este conocimiento y, manejando los mismos materiales
arqueológicos, otra que lo pone en duda. Las pruebas fueron realizadas a
partir de pequeñas porciones de los contenidos semisólidos de las siete
botellitas y un plato de alabastro, guardados en un estuche encontrado en la
tumba inviolada del arquitecto real Ja y Meryt. Ambos esposos fueron
enterrados juntos en un hipogeo de la necrópolis tebana de Deir el-Medina
hace más de tres milenios, y en él reposaron hasta ser hallados por
Ernesto Schiaparelli en 1903. Exceptuando las modificaciones que el paso del
tiempo perpetró en el contenido de la tumba, hasta el momento de su
descubrimiento nada se modificó en ella. La mano del hombre no adulteró ni
hurtó ninguno de los elementos que acompañaron a la pareja en su camino
hacia la Eternidad, y el contenido de dicha tumba fue trasladado íntegramente
al Museo Egipcio de Turín. Las
primeras pruebas científicas llevadas a cabo en los restos conservados en
uno de los citados recipientes de Ja, supuestamente destinados a guardar
medicinas o productos cosméticos, se realizaron en el año 1925 por la
doctora Irene Muzio en su laboratorio de Farmacología, obteniendo el
resultado de una mezcla de varios aceites vegetales tratados con hierro y
morfina. El veredicto de Muzio originó comentarios escépticos entre muchos
egiptólogos, porque los aceites sagrados usados en el rito funerario de apertura
de boca, celebrado en la entrada de la tumba para revivir al muerto, no
fueron considerados por ciertos especialistas aptos para contener narcóticos.
Una postura completamente ilógica si tenemos en cuenta todo lo
anteriormente expuesto, que el collar vegetal que adornaba a la estatua
funeraria de Ja está compuesto únicamente por tallos floridos de papaver
entrelazados, que su silla lleva por decoración mandrágoras y nenúfares y
el gigantesco ramo de amapolas que adorna el templete donde espera el dios
Osiris para enjuiciar a Ja, delicadamente pintado en su Libro de los
Muertos. Puestos a negar las evidencias, aún hoy, hay egiptólogos que
ponen en duda la presencia de la adormidera en Egipto del Imperio Nuevo,
ignorando que en el Museo de Agricultura de El Cairo existe un gran
fragmento de cápsula de Papaver somniferum encontrado durante las
excavaciones de la ciudad obrera de Deir el-Medina, residencia vitalicia del
citado arquitecto Ja, que se abandonó para siempre precisamente durante el
Imperio Nuevo. La
controversia establecida hizo que la dirección del museo italiano
considerase oportuna una revisión de los análisis efectuados por Muzio,
encargando la tarea a un prestigioso grupo de investigadores que publicaron
sus resultados recientemente (BISSET, et. al.: 1994), considerando
que las muestras no contenían sino trazas de morfina e hiosciamina y no en
todas las muestras analizadas. Pero aunque sean sólo indicios, la presencia
de la hiosciamina, contenida en la mandrágora, y la morfina, el mayor
componente alcaloideo del opio, son una evidencia de que esos aceites o los
recipientes que los contienen estuvieron en algún momento de la antigüedad
en contacto con dichos alcaloides. De
este modo, en los textos médicos y en la tumba de Ja tenemos las evidencias
de que las plantas narcóticas no eran empleadas por la simple belleza de
sus flores o frutos, sino que los egipcios emplearon las sustancias que
contenían con fines médicos y mágicos, especialmente en los funerales.
Pero veamos que nos aclara el contenido de otra tumba hallada intacta, esta
mucho más famosa que al anterior: la de Tutanjamón. Entre las viandas que
había en el anexo del enterramiento de el joven rey, que su excavador
encontró varios cestos repletos de bayas de mandrágora (CARTER, 1976: 309)
y, cosidos en el collar vegetal que adornaba el cuello del tercer ataúd del
mismo faraón, once frutos de la misma especie botánica (CARTER, 1976:
334-335)[18].
El hecho de no haber sido encontrados restos de cápsulas de adormidera en
esta fastuosa tumba puede estar en relación directa con la fecha del
enterramiento del faraón, acaecido al comienzo de la primavera, época en
la que esta especie no ha alcanzado el desarrollo suficiente para tener ni
siquiera capullos; lo cual no significa que alguno de los recipientes con
restos de óleos, no analizados, pudiera concluir con la sorpresa de la
presencia del opio. Lo
hasta ahora expuesto aclara cualquier duda sobre el empleo de plantas narcóticas
en la liturgia fúnebre del Antiguo Egipto. La polémica suscitada por el
conocimiento del opio como látex puro extraído por incisión de la cápsula
de adormidera es hasta la fecha indemostrable para esta civilización. También
es improbable que los egipcios fueran capaces de aislar los alcaloides, pero
es seguro que se drogaron con ellos, al menos, durante los entierros. La
sospecha de que también las momias fueran ungidas con aceites narcotizados
hubiera podido ser una evidencia en el estudio de las vendas embebidas de
resinas solidificadas que envolvían el cuerpo de Tutanjamón, cosa que
nunca se hizo, pues esta mortaja fue incinerada por su descubridor. En
prevención de estos actos de negligencia o desidia, que nos privan de una
información fundamental para poder seguir con nuevos argumentos la evolución
social y política de la decadencia del Imperio Nuevo, se exhorta a los
responsables del estudio de los materiales funerarios procedentes del
Antiguo Egipto, a que presten la debida atención a este pequeño matiz del
uso de narcóticos, que tantas consecuencias importantes pudo tener en la
vida cotidiana e histórica de la sorprendente civilización que se
desarrolló a orillas del Nilo. Pues no olvidemos que el uso del opio crea
una fuerte adicción, de consecuencias nefastas en la mayoría de las
ocasiones y que, en esta dinámica pudo entrar de lleno la edite egipcia,
responsable del país más rico y poderoso del final del segundo milenio
anterior a Cristo, y el por qué la fuerza motriz del Egipto faraónico se
descompuso tan rápidamente. En
relación con las plantas tóxicas que se usaron en el Antiguo Egipto y los
métodos usados actualmente para su identificación, tenemos un magnífico
ejemplo de profesionalidad a seguir en el empleado por los científicos que
analizaron los componentes botánicos contenidos en la momia de Ramsés II,
durante su permanencia en París por motivos de conservación. La publicación
que divulgó dicho estudio[19]
recoge con valentía el dato, aparentemente anacrónico y sorprendente, de
la presencia de restos de hojas de una solanácea, conocida como Nicotina
sp (Nicotina glauca), en el abdomen del conocido faraón. Como
generalmente se considera que todas las variedades de Nicotina[20]
son plantas de origen americano, con el descubrimiento de su presencia en el
Antiguo Egipto[21]
la polémica entre científicos, analistas y egiptólogos, sigue abierta[22].
BIBLIOGRAFÍA BISSET,
N.G.; BRUHN, J.G.; CURZO, B.; HOLMSTEDT, B.; NYMAN, U. y ZENK, M.H. (1994):
“Was opium known in18th dynasty? An examination of materilals from the
tomb of the chief royal architetect Kha”, Journal of Ethonpharmacology,41,
pp. 99-114. CARTER, H.
(1976): La tumba de Tutankhamón, Barcelona. CASAL
ARETXABALETA, B. del (1995): La droga en el Antiguo Egipto, Madrid. CASAL
ARETXABALETA, B. del (1997): “La Casliystegia sepium. Una de las plantas
modificadoras del comportamiento humano usada en el ritual funerario del
Imperio Nuevo“. Revista de la Sociedad Mexicana de Egiptología A.C., pp.
11-16, Mexico D.F. ESCOHOTADO,
A. (1994): Historia de las drogas, 1, Madrid. HERÓDOTO
(1989): Los nueve libros de la Historia, Madrid. NUNN, J.F.
(1997): Ancient Egyptian Medicine, Londres. OROZ RETA,
M. y MARCOS CASQUERO, M.A. eds. (1994): San Isidoro de Sevilla. Etimologías
II, Madrid. OTERO AIRA,
L. (1997): Las plantas alucinógenas, Barcelona. RIBERA NÚÑEZ,
D. y OBÓN de CASTRO, C. (1991): La guía INCAFO de las plantas útiles y
venenosas de la Península Ibérica y Baleares, Madrid. SCHULTES,
R.E. y HOFMANN, A. (1993): Las plantas de los dioses, Méjico, D. F. [1] Ushebtis, figurillas momiformes que se enterraban con el fenecido y se vivificaban a la vez que ocurría el milagro de la resurrección de su dueño. [2] Un compendio de textos funerarios que tuvo su origen durante el Imperio Nuevo, cuya finalidad era poner en boca del enjuiciado todos los conjuros necesarios para salir triunfante del acto de justificación. [3] Pieza nº 288a del inventario de la tumba de Tutanjamón realizado por Howard Carter. Museo de El Cairo. [4] Segunda terraza del templo de la reina Hatshepsut en Deir el-Bahari, Luxor. [5] El gran Amón-Ra, considerado en estos tiempos Señor de todos los dioses de Egipto, cuyo impresionante santuario se conserva ruinoso en Luxor. [6] Tumba tebana nº 90, pieza nº 37986 conservada en el British Museum. [7] Fragmento de las pinturas murales de la tumba anterior, BM nº 37983. [8] Los actos religiosos en los templos eran una prerrogativa exclusiva del faraón, aunque en su ausencia fueran oficiados por su suplente, un sacerdote de máximo rango. [9] Asociada a Min, otro dios agrario, en éste caso con culto a la fertilidad. [10] Uno de los mitos de la creación, sitúa al primer rayo del sol emergiendo de una flor de nenúfar. [11] Con toda seguridad, procedente de la zona sirio-palestina. [12] Antonio Escohotado (1994: 78), citando las obras de Montagu (1965: 68) y Levin (1927 reeditada en 1970: 54), lleva el cosumo de la variedad silvestre de adormidera conocida por Papaver setigerum hasta la Prehistoria europea, agregando que la P. somniferum fue sometida a cultivo en el sur del Viejo Continente hacia el siglo XXV a.C.- De igual modo, la isla de Chipre fue un territorio idóneo para el cultivo de la adormidera y por producción de opio se caracterizó en la Antiguedad. [13] La midriasis también puede ser el resultado del uso de otros tipos de alcaloides de origen natural o sintético, no considerados en esta investigación por ser completamente ajenos al mundo egipcio del segundo milenio anterior a Cristo. [14] Pieza nº 120 del catàlogo de la tumba real hecho por Howard Carter. Museo de El Cairo. [15] Piezas nº 6961 A y B del Museo de El Cairo. [16] Obra biográfica que recoge las desventuras de un médico que sirvió a Sesostris I (1971-1926 a.C.). [17] Sistemas idénticos a los empleados por la brujería de la Edad Media europea. [18] El estudio de estos componentes botánicos fue realizado por L.A. Boodle y C. Reid. [19] PARIS, R.R. y DRAPIER-LAPRADE, D. (1985): "Prèsence de nicotine dans la cavité abdominale de la momie”. La momie de Ramsès II. París, pp. 196-197. [20] Es bien sabido que el alcaloide que se extrae de estas plantas es la nicotina, un poderosísimo veneno que fumado en dosis pequeñas embriaga, creando hábito en sus consumidores y tiene, a su vez, ciertas aplicaciones terapéuticas. [21] Los doctores S. BALAVANOVA y L.W. CARTMELL descubrieron, independientemente y en sus respectivos laboratorios, restos de nicotina en los cabellos de varias momias halladas en diferentes necrópolis faraónicas y coptas del territorio egipcio. [22] El presente artículo es una ampliación del comunicado presentado por la autora en el III CONGRESO MUNDIAL DE ESTUDIOS SOBRE MOMIAS, convocado por la Universidad de Tarapacá, Chile, en Mayo de 1998.
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