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EL TEMPLO EGIPCIO: ritual y mito. |
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Por Teresa Bedman González |
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Correo: bedman@telefonica.net |
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Para los antiguos egipcios
el templo era, sin duda, “la casa de los inmortales”, y en calidad
de tal, tenía que ser indestructible. El concepto de templo como
“mansión del dios” o “dominio del dios” existirá a lo largo de todo el período faraónico. Antecedentes
“primitivos” de estos templos han sido encontrados en la zona de
Hieracómpolis y El Kab, e imitaban las humildes chozas de los
moradores del valle del Nilo. Más concretamente en la zona de El Kab
se han localizado alguno de estos “templos”, que consistían
en un establo en forma de barca de arcilla donde se guardaba el animal
sagrado. Pero los templos serán, sin
duda, el gran patrimonio arquitectónico del Imperio Nuevo, ya que en
los de períodos anteriores eran pequeños y exentos de grandiosidad.
A partir de la XVIII Dinastía, se puede afirmar que se crea un tipo
“clásico” de templo, como consecuencia del progresivo
enriquecimiento y el aumento de poder que había adquirido el clero en
el gobierno del país. La idea de un eterno vagar, quedó plasmada no
solamente en la disposición interior del templo, sino también en la
relación de un santuario con otro. En efecto, cada templo se
encontraba relacionado con los demás y una complicada red de caminos
sagrados los comunicaba entre sí. Los rituales, los misterios
divinos, sólo pudieron ser seguidos por los elegidos. El templo
egipcio nunca fue concebido para albergar en él al pueblo. Este
seguiría los cultos desde el Patio dispuesto
detrás de los Pilonos por lo que el este pasó a representar el
espacio sagrado que se abría a partir de él. A comienzos del Imperio
Nuevo, los pilonos se convirtieron en los elementos más
significativos de los grandes templos. Aunque la palabra griega
“pylon” significa puerta de entrada, en realidad el pilono cumplía
una función de barrera, a modo de fortaleza del recinto sagrado, y
son la representación monumental de una tradición que se remonta a
los comienzos de Egipto: el anuncio de un santuario cerrado y sagrado.
Este, con su perfil superior quebrado, nos muestra dos torres unidas
por el espacio de entrada que simbolizan los acantilados que se
extienden a cada lado del Nilo, encerrando al río, dador de vida. De
igual manera representan la imagen de dos montañas que flanquean el
disco solar. Junto a los pilonos los
Obeliscos conmemorativos rematados en pequeñas pirámides que, a modo
de recordatorio, indicaban que en el espacio siguiente se accedía a
la morada de un dios: A la relación terrestre con lo sagrado. Esta misma presencia divina
está representada también en los Mástiles con sus banderolas. Las estatuas colosales que
encontramos adosadas en algunos de estos grandes templos serán la
representación de los hijos vivientes del dios, por ejemplo en
Karnak, son los mismos dioses los encargados de velar por el
santuario. Para asegurar la inmunidad
del templo, éste aparecía rodeado de un Muro
ero esta protección material no era suficiente, se hacía
necesaria entonces una protección espiritual, asegurada por distintos
medios. En el templo de Horus en Edfú, por ejemplo, una larga lista
grabada en su muro exterior nos relaciona sus propiedades asegurándose,
de este modo, una especie de inmunidad jurídica, al tiempo que daba a
conocer las posesiones de sus tierras sagradas. La protección contra sus
enemigos se aseguraba mágicamente por la inscripción de las hazañas
del faraón, con sus cortejos de prisioneros, cada uno de los cuales
representaba a un pueblo sometido para la gloria del dios. Desde el
punto de vista iconográfico, esta escena se remonta a la 1 Dinastía,
en la que aparece de un modo claro en la paleta de Narmer.
Formaba parte
de un rito de purificación realizado en el momento de entrar en el
recinto sagrado. Cuando los faraones dejaron de ser los gloriosos
conquistadores de los países de Asia o África copiaban
cuidadosamente los listados de los pueblos vencidos por sus
antepasados. Esta práctica se siguió realizando incluso bajo el
dominio de los emperadores romanos. Tras el pilono, un primer
Patio conducía a la Sala Hipóstila
en la que sólo podían entrar los elegidos. En
aquellos casos en que el templo disponía de más de una Sala Hipóstila,
la mayor proximidad a la capilla del dios suponía un mayor grado de
jerarquía social. El templo egipcio semeja un
verdadero microcosmos. Es la densificación de la naturaleza terrestre
y celeste. Desde el suelo de estas grandes Salas Hipóstilas, que en
ciertos templos estaban recubiertos de plata cuya oxidación imitaba
el color del limo negro del valle del Nilo, fértil y dador de vida,
se elevaban bosques de columnas que ya desde un principio tenían
forma de tallos florales con un claro simbolismo de la vegetación.
Los restos de pintura azul encontrados en las bases de algunas de
estas columnas nos permite imaginar que se trataba de una representación
de la inundación, confirmándose este hecho por la decoración a pie
de muro, de representaciones de papiros y otras plantas acuáticas, o
con imágenes de genios de la fecundidad que representan al Nilo. Estas columnas se alzaban
hacia un techo que representaba la bóveda celeste, decorado con
estrellas de oro sobre un fondo de color azul o con representaciones
siderales, como en el templo de Déndera. En estos techos se pueden
observar los esquemas míticos de los ciclos del sol, la luna y las
constelaciones. El espacio de la pared entre el suelo y la cubierta se
decoraba con escenas alusivas, relatándonos lo que ocurría entre los
límites del cielo y la tierra y, sobre todo, lo referente a los ritos
de la fundación del templo y la introducción del faraón entre los
dioses. El templo propiamente dicho
no se reducía a las estancias ceremoniales. A partir de éstas, y en
torno al eje central del templo se iban distribuyendo salas cada vez más
grandiosas e iluminadas a medida que se alejaban del Santuario La Sala
de la Barca comunicaba por un pequeño corredor con una pequeña sala hipóstila,
o directamente con la gran sala hipóstila del templo. La construcción
de estas salas fueron, después de las pirámides, uno de los mayores
logros de la arquitectura egipcia: un verdadero bosque de altísimas
columnas sostenían una cubierta arquitrabada que, por lo común, al
ser más altas las dos filas centrales, se elevaba en la zona del eje,
formando una especie de nave principal. Con esta elevación se lograba
que, a través de celosías de piedra practicadas en el muro lateral,
penetrase la luz, en cualquier caso escasa y difusa, lo que permitía
que en esta semioscuridad se realizasen los rituales sagrados. Pero, a
medida que la teología egipcia fue hermanándose cada vez más con
los ritos solarizantes, fue aumentando la necesidad de los dioses de
recibir directamente los rayos solares para asegurarse su misma
existencia. Esto explica la construcción de capillas especiales en
algunos templos, como Edfu y Déndera. Estas capillas suelen estar
situadas en las azoteas a las que el dios era transportado mediante un
complicado sistema de rampas de subida y bajada, siendo utilizadas únicamente
para este fin. Este ritual se realizaba a comienzos del año para la
regeneración divina del señor del lugar. Para un egipcio guardar
celosamente los días sagrados no suponía un sacrificio, no sólo era
un deber, sino una necesidad para con sus dioses. De los 365 días
de los que se componía el calendario, 105 eran festivos. El ritual de
estos festivales no eran transcendentales, estaban vinculados a la
tierra, al renacer de la vida, etc... (ver cuadro). Pero diariamente
se realizaba otro tipo de culto que incluía tres grupos de actos
distintos: las ceremonias preliminares, el despertar y el atavío del
dios y la comida de éste. Tan solo el faraón, o en su nombre el
“servidor del dios” o “padre divino” que mencionan los textos
(posteriormente denominados “profetas” por los griegos), podría
oficiar la ceremonia. El oficiante, tras purificarse y ahuyentar con
el fuego sagrado y el incienso las influencias malignas, rompía el
sello pegado en los batientes de la puerta de la capilla y se postraba
ante la imagen divina para entonar himnos de alabanza. A continuación
tocaba la estatua para “infundirle su alma”. Esta “revelación
divina” coincidía míticamente (al menos en Edfu, y posiblemente en
otros templos) con la salida del sol. Posteriormente la estatua era
limpiada de los ungüentos del día anterior, se la vestía con
tejidos de lino (la vestimenta era cambiada una o dos veces por
semana, aunque diariamente y para cumplir este rito se ofrecían paños
de color blanco, azul, verde y rojo, símbolos de la luz del amanecer,
las aguas primordiales, el renacimiento y la esterilidad del desierto
respectivamente, por lo que los templos contaban con sus propios
telares y talleres donde se confeccionaba el lino para este fin), se
adornaba con los atributos divinos y su rostro era acicalado con los
cosméticos rituales. Terminado el atavío, le eran servidos
abundantes alimentos, ceremonia que podía ser repetida hasta cuatro
veces al día, según los cuatro puntos cardinales, en previsión de
que el dios pudiera alimentarse en cualquier lugar del universo.
Terminadas las ofrendas se borraban todas las huellas dejadas por el
sacerdote, se cubría el rostro de la imagen con un velo y se sellaba
de nuevo la puerta del santuario con un sello de arcilla. Dos rituales
más se hacían a lo largo del día, pero de menor importancia,
consistentes en libaciones de agua y quema de incienso. La decoración de los
templos egipcios es un curioso binomio entre mito y rito. Cuando se
localizan inscripciones grabadas en los montantes de las puertas o
molduras, éstas corresponderían al rito, mientras que las que
contienen escenas de ofrendas hacen alusión a los mitos. Con esto se
lograba que tanto el mito como el rito pasaran a formar parte del
propio templo. Pero los ritos serán la actividad en sí misma del
templo; si el templo simboliza el mundo, el rito es su porqué, su
movimiento. La periodicidad de la realización del rito sugiere el carácter
obligatorio de conservar el universo. Por ese motivo los ritos
llegaron a ser tan complejos y numerosos. La enorme fuerza con que
estaban impregnados hacía girar no sólo la vida religiosa, sino al
país, y aunque estas representaciones eran generales para todos los
templos, algunas fueron específicas, caracterizando a un santuario
determinado. Por otro lado tenemos los
dramas sagrados que se representaban en todos los templos, el de
Osiris debió de ser el preferido ya que incluso para su escenificación,
había templos que disponían de una capilla especial. Existen gran
variedad de estos dramas, algunos por su complejidad y simbolismo se
celebraban en el más absoluto secreto del Sancta Santorum, otros por
el contrario, como la Fiesta del Valle, cuando el dios Amón dejaba su
templo de Karnak y visitaba Luxor, la procesión del cortejo sagrado
era seguida por la muchedumbre. La unión del dios con la diosa Mut
para garantizar la fertilidad del universo, o la procesión de Nebtu,
madre de los campos, que con su salida resucitaba la vegetación y las
flores, O la gran fiesta del dios Mim en Tebas, que finalizaba con una ofrenda agrícola, el
ritual incluía una procesión donde la estatua del dios era
transportada por los sacerdotes detrás de un toro blanco. Otras veces
los dioses tenían que cubrir largas distancias, como en el caso de la
diosa Hat-Hor, que viajaba desde Déndera hasta Edfu para reunirse con
su esposo Horus en la “Fiesta del Feliz Encuentro”, en la que
participaban todos los dioses de Egipto. En otras ocasiones eran los
propios dioses los que se “desplazaban a voluntad” para asistir a
determinadas fiestas, como por ejemplo cuando se trasladaban a Menfis
para asistir a la “Fiesta Sed” o jubileo del faraón. También debemos hablar brevemente de los ritos que
tenían como finalidad la persona del faraón. Este, considerado desde
el principio como sucesor directo de los “Servidores de Horus”,
afianzando de este modo a su persona la inmortalidad de los dioses.
Durante aproximadamente 3.000 años se realizó en la ciudad de Menfis
el ritual de la sucesión al trono que incluía dos fases: la
entronización y la coronación. Tras la muerte de un faraón
su sucesor era elevado al trono en una ceremonia que comenzaba con la
salida del sol, de modo que el advenimiento del nuevo monarca estaba
en perfecta armonía con la propia naturaleza. El ritual de la
coronación era algo más complicado y largo, ya que había que buscar
el momento más propicio, pues se debía respetar el desarrollo cósmico.
El momento ideal era el Año Nuevo, cuando se daban por finalizados
los rituales del enterramiento de Osiris en Abydos, ya que al
renovarse el ciclo, este momento era el más idóneo para la transmisión
de poder. Otro rito que tenía como
protagonista al propio faraón era cl Festival Sed o Jubileo. Se
trataba de una fiesta donde se renovaba y confirmaba el poder del
soberano. Este festival se celebraba a los 30 años de reinado, aunque
algunos faraones adelantaron esta fecha y otros realizaron varios en
un corto período de tiempo, por lo que la afirmación de los 30 años
no es un patrón a seguir. Pero el mito será
indispensable para el desarrollo del rito, ya que dará a este su
verdadero significado. Son numerosos los mitos que
han llegado hasta nosotros aunque algo distorsionados por el genio
griego de Plutarco y Diodoro. La formación de los mitos es etiológica
y fue el canal para organizar la religión, creando asociaciones y
asimilaciones entre los distintos dioses que componen el panteón
egipcio. Fue además la fuente de inspiración para la decoración de
los templos. Por esta doble función, y porque todos los mitos fueron
objeto de una elaborada creación erudita, sería imposible separar la
Teología de la Mitología. Los mitos egipcios son el
intento poético de explicar los fenómenos naturales y sociales, como
por ejemplo las fases lunares, o como el de la continuidad de las
generaciones. El principio es simple: El padre renace en el hijo y el
hijo pasa a convertirse en su propio padre como nos lo enseña una de
las formas de Amón, el de “Toro de su Madre”, de este modo la
continuidad no se pierde jamás. Así se explica la necesidad egipcia
de construir una gran cantidad de santuarios donde se agrupaban a los
dioses en tríadas: dios-padre, diosa-madre y dios-hijo. El ejemplo más claro lo
tenemos en el mito de Osiris, que, en su faceta terrenal, reflejaba
las pasiones humanas, de ahí su gran popularidad. Al mito de la resurrección
de Osiris se le añade la legitimidad del nacimiento de Horus y
posteriormente para justificar su continuidad en el trono de su padre,
el mito nos sigue contando la lucha por el poder entre su tío Seth y
el propio Horus. Posiblemente esta parte del mito se fundamente sobre
acontecimientos históricos y nos esté relatando el enfrentamiento
entre dos reyes, y la posterior unificación de Egipto con Horus como
vencedor. Aparte de estos mitos existían
en todos los santuarios una gran variedad de leyendas y tradiciones
mitológicas para justificar la crecida del Nilo, el renacimiento de
la vegetación, el curso del sol o para, simplemente, explicar el
nombre del santuario. El mito y la teología están
estrechamente ligados, fundamentándose la segunda a partir de los
datos de la primera. Esta misma teología en un esfuerzo de
clasificación y de organización del mito que formuló con éxito el
agrupamiento de los dioses por enéadas (llamadas así porque en un
principio estaban compuestas por nueve dioses), creándose la de Heliópolis,
Tebas, Abydos y Déndera. Pero sin duda, el genio
sintetizador de los teólogos egipcios llegó aún más lejos cuando
creó el binomio Osiris-Ra, a medida que las teorías solares iban en
auge y los dioses tuvieron la necesidad de asimilarse a Ra. Para concluir podemos decir que el
templo egipcio, en su filosofía y conjunto será el símbolo más
patente del desafío lanzado a los siglos por los hombres que soñaron
con ser dioses e inmortalizarse con sus semejantes. |