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USOS FUNERARIOS DEL ANTIGUO EGIPTO |
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Por el Arqueólogo D. Jorge Canseco Vincourt. |
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El Sentido de la Eternidad. Aspecto básico
de la cultura y de la religión del antiguo Egipto fue la firme creencia
en la vida de ultratumba. Se consideraba que esa vida era la continuación
de la vida terrenal y que la muerte no era sino una paralización momentánea,
susceptible de ser superada. Todo
conducía al desarrollo de un vigoroso concepto de eternidad. En el
aspecto geográfico las crecidas regulares del río Nilo, las
condiciones del clima, la serenidad atmosférica y el hecho de disponer
de fronteras naturales permitieron un desarrollo cultural en forma
continua y pacífica durante un gran lapso de tiempo. Las
condiciones ambientales favorecieron desde la época predinástica una
preservación natural del cuerpo de los difuntos, que eran enterrados en
la arena. Es
muy probable que la observación de ese hecho condujese a la creencia de
una existencia continua. La existencia de la creencia en una vida de
ultratumba ha sido comprobada para un, período tan antiguo como el
quinto milenio A.C.. En una fosa poco profunda se enterraba el cadáver,
iba acompañado de un ajuar funerario consistente en armas e implementos
líticos, ornamentos, cerámica y ofrendas alimenticias. Todo ello tenía
el objeto de que e difunto lo pudiese aprovechas mágicamente en la otra
vida. Una
larga evolución del pensamiento egipcio condujo al establecimiento de
una concepción religiosa-funeraria que fue la característica del
Egipto dinástico. Según
la cosmogonía egipcia el hombre estaba compuesto de materia y espíritu,
la personalidad humana constaba de cuatro elementos: dos espirituales y
dos materiales. Los primeros eran el Ka y el Ba; el Ka era una partícula
divina que existía desde el principio; el Ba nacía con el individuo y
corresponde más o menos a la idea occidental del alma humana. Los
elementos materiales eran el cuerpo y su sombra (esta última era
visible aunque no fuese palpable). Al morir el individuo el Ba y el Ka abandonaban el cuerpo. Era necesario asegurar la unión de ambos elementos en el más allá a fin de asegurar la supervivencia del difunto, esto se lograba mediante el culto funerario, pero como el elemento espiritual estaba ligado en cierta forma al cuerpo, había necesidad de preservarlo como base física de dicha supervivencia, ya que sin el cuerpo la personalidad quedaría incompleta. El
embalsamamiento
Ese imperativo
de mantener unidos a los elementos espirituales con el cuerpo condujo a
que el embalsamamiento cobrase gran importancia, alcanzando gran
perfección durante el imperio nuevo. Existían
tres tipos de momificación a los cuales se podía optar según los
recurso económicos disponibles. En
el procedimiento más costoso se comenzaba por extraer el cerebro a través
de las fosas nasales. Luego se efectuaba una incisión en el costado
derecho, a través de ella se extraían: el hígado, el estómago, los
intestinos y los pulmones. Eran tratados y colocados en cuatro
recipientes llamados vasos canópicos. El corazón era dejado en el
cuerpo, pero sobre él se colocaba un amuleto en forma de escarabajo que
simbolizaba la renovación de la vida. El
interior del cuerpo era lavado y rellenado con: mira, canela, casia,
semillas de flor de loto, esencias aromáticas y bolas de lino. El cuerpo era cocido y se le dejaba durante setenta días en un baño de natrón seco (carbonato sódico) a fin de absorber la humedad, luego se le ungía con grasas y aceites, se le maquillaba, se le vendaba y se le entregaba a la familia. En el segundo tipo de embalsamamiento no se practicaba incisión alguna, ni se retiraba el cerebro y las vísceras. Se procedía a inyectar por vía oral al cadáver con aceite de cedro, enseguida se le taponaba debidamente y se le colocaba durante setenta días en natrón. Al terminar ese período se le dejaba salir el aceite, que había disuelto las vísceras y arrastraba consigo sus restos. El tercer procedimiento estaba reservado a las clases humildes, se limitaba a inyectar algún purgante enérgico que limpiase los intestinos y a colocar el cuerpo en el baño de natrón a fin de que se desecase. Esto último se limitaba a solo treinta días. Las clases más pobres se limitaban a envolver a sus difuntos en una estera y a enterrarlos en la arena. Las
tumbas. La tumba es, de
acuerdo con la visión del antiguo Egipto, la casa de la eternidad. Es
el punto de encuentro entre el mundo terrenal y el más allá, asegura
el bienestar y la tranquilidad del difunto, quien debe encontrar el
equivalente de lo que usó en la vida. De ahí que todo el que disponía
de los medios necesarios se preocupase en vida por hacerse construir lo
que sería su morada eterna. La arquitectura egipcia se enfocó básicamente
a las tumbas y los templos, ambos elementos se construyeron en piedra a
fin de asegurar su perdurabilidad. Durante
el período dinástico antiguo las tumbas reales y de la nobleza son el
tipo mastaba; constaban de una sección subterránea, encima de la cual
se levantaba una construcción rectangular con paredes un poco
inclinadas. El
Imperio Antiguo corresponde a la época clásica de las pirámides, se
construyeron las mayores y las más importantes. La pirámide es la gran
aportación arquitectónica de Egipto, da una impresión de
majestuosidad, de monumentalidad y de ínter polaridad. La primer pirámide
es la pirámide escalonada de Sakkara, levantada por el faraón Zosser
de la tercera dinastía. En la cuarta dinastía ya se construyen
verdaderas pirámides que constituyen la culminación de una evolución
arquitectónica provocada por una serie de ideas simbólico-religiosas. La
pirámide es la tumba real durante los Imperios Antiguo y Medio, asegura
el descanso eterno del faraón y la inviolabilidad de su momia y ajuar
funerario pero, también tiene un gran simbolismo. Es el lugar en donde
habita el alma del faraón; la unión del cielo con la tierra;
constituye un gran trono solar en cuya superficie lisa y brillante se
posa el sol; es una rampa que permite al faraón ascender al firmamento
y acompañar al dios solar en su viaje diurno; es el elemento que
consagra la exaltación del faraón difunto a la vez que es el símbolo
del poderío del rey vivo y de su supremacía sobre los habitantes de
Egipto; es la garantía de que el faraón, intermediario entre los
dioses y los hombres protegerá a su pueblo durante su vida y más allá
de ella. Las
pirámides más importantes son las de Gizéh levantadas por los
faraones de la cuarta dinastía, presentan una formidable masa formada
por bloque de piedra calcárea, revestida por una capa de mampostería
que a su vez era cubierta con finas lozas. Su monumentalidad corresponde
al hecho de que en el Imperio Antiguo el faraón es un dios-viviente, el
único intermediario con los dioses y el que garantizaba la prosperidad
del país. La
gran pirámide tenía una altura de 147 metros y en su base medía 233
metros en cada costado, actualmente ha disminuido en unos cuantos
metros. Se calcula que se emplearon en su construcción unos 2.300.000
bloques de piedra calcárea con un peso promedio para
ada uno de 2’5 toneladas. Fue
considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo, es la única
de ellas que ha persistido. En torno a ellas se han formado multitud de
teorías fantasiosas. Se pueden mencionar: teorías bíblicas, teosóficas,
astronómicas, matemáticas, et., se ha pretendido que posee elementos
sobre el futuro de la humanidad y aún se ha hablado de extraterrestres.
Todo ello, fantasioso, prueba el gran interés y atractivo que las pirámides,
sobre todo la gran pirámide levantada por el faraón Jufú, han
ejercido sobre la humanidad. Durante
el Imperio Medio se levantan pirámides más modestas; bajo el Imperio
Nuevo las tumbas reales son excavadas en el Valle de los Reyes, la más
famosa es la del faraón Tut-Anjh-Amón, la única cuyo contenido se ha
encontrado prácticamente intacto. Las tumbas de los particulares fueron al principio del tipo mastaba, durante las dinastías IV y V se distribuían regularmente en las cercanías de las pirámides reales. Más tarde se convirtieron también en hipogeos llegaron a presentar gran variedad tanto en sus dimensiones como en la distribución, lo más importante era la cámara funeraria con el sarcófago. Las paredes de las salas están decoradas con pinturas o relieves que representan escenas rurales, trabajos agrícolas, caza, pesca, diversiones, etc. Los
funerales. Al morir una
persona, de desarrollaban impresionantes escenas de dolor. Se observaba
un duelo durante el proceso de embalsamamiento, al término de él, se
procedía al funeral. Se organizaba un gran cortejo en el que figuraban:
músicos, plañideras, sirvientes que llevaban el mobiliario, las
pertenencias del difunto y las ofrendas, sacerdotes, la familia y los
amigos del difunto. La momia era transportada en una especie de
catafalco, que era tirado por bueyes. El cortejo cruzaba el río Nilo y
se dirigía a la tumba, en esta se procedía a la ceremonia llamada
“apertura de la boca” consistía en que los sacerdotes restauraban mágicamente
las facultades del difunto para que dispusiese de ellas en el más allá.
Así mismo las pinturas y relieves eran tratados mágicamente a fin de
que mediante ellos y el ajuar funerario, el difunto pudiese disponer en
el más allá de todo lo que había poseído en la tierra. Durante
los Imperios Antiguo y Medio se colocan en la tumba figurillas de
servidores a fin de que satisfagan las necesidades de su amo en el más
allá; a partir del Imperio Nuevo estas figurillas se hacen en serie,
tienen las mismas características y son conocidas como los “ushabtis”.
Las tumbas reales contenían centenares de ellos. A
partir del Imperio Medio se difundió mucho el culto a Osiris. El alma
del difunto debía presentarse a un juicio ante Osiris y cuarenta y dos
jueces, si era justificada su conducta en este mundo, el alma era
admitida al reino subterráneo regido
por Osiris, mundo luminoso con anales y ríos. En caso contrario
era entregada a un monstruo que la devoraba. En el juicio, Osiris se encontraba flanqueado por dos divinidades femeninas: Isis y Nephtis, la primera era su esposa y hermana. Paralelo al juicio de los 42 jueces, el corazón del difunto es colocado en el platillo de una balanza, en tanto que el otro platillo lo ocupa la pluma de Maat, diosa de la verdad. El dios Anubis es el encargado de llevar a cabo dicho pesaje, en tanto que e dios Thot anuncia a Osiris el resultado del mismo. Textos
Funerarios. En el antiguo
Egipto existieron numerosos textos funerarios relacionados con el
difunto y el más allá. Al principio estaban consagrados exclusivamente
a asegurar la supervivencia del faraón, luego su uso se extendió a los
particulares. Se pueden mencionar: los textos de las pirámides, los
textos de los sarcófagos, el libro de los dos caminos, el libro de lo
que hay en la Duat, el libro de las puertas y otros. El
libro de los muertos es uno de los más importantes y conocidos, su uso
se generaliza a partir del Imperio Nuevo; una selección de sus textos y
viñetas era colocada en la cámara sepulcral, contenía una serie de fórmulas,
encantamientos, himnos y letanías destinadas a guiar y proteger al
difunto en su viaje de ultratumba, asegurarle una vida tranquila y
estable, satisfacer sus necesidades y enseñarle como evitar los
peligros. Los
ejemplares de los papiros que corresponden a este libro presentan
variantes entre sí, nunca se colocó el total de textos que comprenden
unas 190 fórmulas, es hasta el mundo moderno que se ha publicado como
unidad dividido en capítulos. El
libro de los muertos describe al Duat o mundo inferior, que estaba
dividido en 12 regiones que correspondían a cada una de las doce horas
de la noche, estaba atravesado por un río y cada región estaba
separada de las otras por fuertes puertas que tenían terribles
guardianes. En la época tardía se multiplican las fórmulas mágicas y es importante el libro de las respiraciones. B
I B L I O G R A F I A
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BAILES, JONH Y JAROMIR MALEK. “Egipto. Dioses, templos y
Faraones”, Edit: Follio. Barcelona, 1988. ·
CHAMPDOR ALBET, “Le Libre des Morts”, Ed. Albin Michel,
Paris, 1963. ·
DAVID
ROSALIE, “Mysteries of the Mummies”, Ed. Charles Scribner’s Sons,
New York, 1978. ·
EVANS,
HUMPHREY. “The Mystery of the Pyramids”, Edit: Marshall Cavendish
Books, Londo, 1984. ·
EGGELBHRETCH, Arne y otros autores. “El Antiguo Egipto”, Edit:
Plaza y Janés, Barcelona, 1984. |