TUT-ANJ-AMÓN

1333-1324 a.C.

 

En noviembre de 1922 Howard Carter descubrió la tumba intacta de un faraón prácticamente desconocido cuyo nombre, Tut-anj-Amón, pronto se haría tan famoso que eclipsaría los de otros faraones.

 Carter, que trabajaba por cuenta de lord Carnarvon, rico terrateniente británico que había obtenido del Servicio de Antigüedades la concesión para excavar en el Valle de los Reyes, que anteriormente se había concedido a Teodoro Davis, estuvo excavando desde 1917 en la zona comprendida entre la tumba de Ramsés II y la de Ramsés VI.Después de años de búsqueda tan infructuosa como cara, lord Carnarvon estaba a punto de renunciar a la concesión, como antes hiciera Davis, declarando que el valle era un yacimiento agotado desde el punto de vista arqueológico, cuando el 4 de noviembre de 1922 un trabajador descubrió un escalón de piedra, el primero de un tramo que descendía al interior de la montaña.

Tal vez adivinando que se encontraba en el umbral del tan esperado descubrimiento, Carter cubrió el hallazgo y mandó un telegrama a Carnarvon, que estaba en Inglaterra, informándole del acontecimiento y pidiéndole que se trasladara a Egipto de inmediato.

El 24 de noviembre se reanudaron vigorosamente los trabajos, se limpiaron los escalones de escombros y Carter y Carnarvon se encontraron ante una primera puerta amurallada a la que seguía una segunda puerta interior; en ambas aparecían los sellos de la necrópolis y el nombre buscado desde hacía tanto tiempo: Tut-anj-Amón. El 26 de noviembre de 1922 Carter, Carnarvon, la hija de éste, lady Evelyn, y Callender, el ingeniero contratado poco antes para que ayudase con el trabajo, lograron por fin abrir un agujero en la segunda puerta y por él pudieron observar el interior de la tumba y los tesoros que contenía.

Fue la primera, y hasta ahora la única, tumba real de la historia de la egiptología que se encontró prácticamente intacta, aunque en la antigüedad había sido objeto de no menos de dos intentos de robo, que afortunadamente no tuvieron consecuencias serias. La tarea de vaciar la tumba de Tut-anj-Amón duró varios años y permitió recuperar unos 3.500 artículos, lo cual confirmó que era el descubrimiento arqueológico más excepcional que jamás se hiciera en Egipto. La tumba presenta una planta sencilla, típica de las de la XVIII dinastía: al fondo de la escalera un corredor corto termina dentro de un vestíbulo rectangular con un pequeño anexo. El vestíbulo conduce a la cámara funeraria, en cuyo centro ocupa el lugar de honor el gran sarcófago de cuarcita roja, es la única en toda la tumba que está decorada con pinturas. Dentro del sarcófago de cuarcita, en cuyas esquinas están labradas cuatro deidades protectoras (Isis, Neftis, Selkis y Neith), hay un ataúd antropomorfo de madera, cubierto de pan de oro, 

que es el primero de tres ataúdes de este tipo que en un principio encerraban la momia del rey, la cual, aunque se halla en mal estado a causa de una autopsia hecha con torpeza, aún hoy descansa en su tumba. La decoración es bastante sencilla, y en las pinturas, que se conservan bien, se nota la influencia amarnica: hasta su subida al trono, el joven rey, hijo de Amen-Hotep IV/Ajen-Atón, el faraón herético que introdujo el culto e Atón, el único dios solar, se crió y vivió en la corte de Ajet-Atón (Amarna), la nueva capital que fundara su padre. Las escenas representan el cortejo fúnebre con los dignatarios de la corte portando el sarcófago de Tut-anj-Amón y la ceremonia de la apertura de la boca por pare de Ay, su sucesor; ambas escenas son muy raras en una tumba real. Las otras pinturas representan a Tut-anj-Amón con su Ka recibiendo la bienvenida de Nut delante de Osiris (pared del norte) y, de nuevo, al joven rey, con

 Anubis e Isis siguiendo sus pasos, en presencia de Hat-Hor (pared del sur) y en el acto de zarpar en su barca con rumbo al mundo del Más Allá (pared oriental); los textos pintados en la pared proceden del Amduat, en el que también se inspiran algunas de las pinturas murales.